Hay algo casi entrañable en que sigamos aquí hablando de una séptima entrega de esta saga.
La primera Scream, dirigida por Wes Craven y escrita por Kevin Williamson, no solo revitalizó el slasher en los 90: lo desmontó, lo analizó y luego lo volvió a montar riéndose en nuestra cara. Era terror, sí, pero también era comentario, sátira y amor al género.
Treinta años después, aquí estamos.
Séptima entrega.
Y la pregunta ya no es “¿quién es Ghostface?”, sino “¿tenía sentido hacer otra?”.
Un rodaje con más giros que la propia peli
Antes de entrar en harina, hay que decirlo: esta película nació torcidísima.
Salidas del proyecto, cambios de dirección, polémicas con el reparto… un caos. Al final, el estudio decidió tirar de nostalgia y darle las riendas al propio Williamson, esta vez como director, además de reescribir el guion.
Y la solución fue clara: volver al origen.
Recuperar a Sidney Prescott, traer de vuelta a Neve Campbell y centrar la historia en ella. Sobre el papel suena bien. En ejecución… bueno.

Más sangre, menos cerebro
Si algo define a Scream 7 es que parece haber olvidado qué hacía especial a la saga.
Aquí hay cuchilladas, hay persecuciones, hay un par de muertes bastante bestias (eso hay que reconocerlo), pero lo que no hay es ese juego de «meta cine» que convertía cada entrega en algo más que un simple slasher.
Desaparece casi por completo el comentario sobre el género.
No hay reglas nuevas, no hay ironía inteligente, no hay ese “estamos dentro de una película y lo sabemos” que convertía cada diálogo en una doble lectura. Es un slasher más tradicional, más plano.
Y cuando Scream se vuelve un slasher convencional… pierde su gracia.
Personajes nuevos con cero carisma
La historia gira en torno a la hija adolescente de Sidney y su grupo de amigos. Es decir: carne fresca para Ghostface.
El problema es que están escritos con brocha gorda.
Son arquetipos con patas.
No hay profundidad, no hay chispa, no hay nada que te haga temer por ellos.
Y cuando los matan, en vez de sentir tensión, casi sientes alivio.
Eso sí, cuando toca ponerse gore, la película aprieta. Hay un par de secuencias que funcionan por pura brutalidad. Pero es la típica solución de saga agotada: si no puedes ser más listo, sé más bestia.
Sidney lo intenta… y eso se agradece
Lo mejor de la película es Neve Campbell.
Se nota que entiende el peso del personaje y lo interpreta con seriedad absoluta, aunque el guion a veces le juegue malas pasadas. Tiene presencia, tiene dignidad y sostiene la película cuando todo alrededor hace aguas.
Pero ni siquiera ella puede salvar ciertos giros que se ven venir a kilómetros. La revelación final es probablemente la más previsible de toda la saga. Y eso en una película cuyo mayor atractivo siempre fue el “¿quién será esta vez?” es un problema serio.
El gran pecado: ya no es divertida
Lo más grave no es que sea irregular. Lo más grave es que no es divertida.
No hay humor afilado.
No hay mala leche inteligente.
No hay sensación de estar viendo algo que dialogue con el espectador.
Es simplemente una película de asesinatos con máscara.
Y eso, viniendo de esta franquicia, sabe a poco.
¿Es la peor de la saga?
Para mí, sí.
Porque al menos otras entregas fallidas tenían intención, riesgo o alguna idea loca que defender. Aquí parece que todo nace desde el “hay que hacerla” más que desde el “tenemos algo que contar”.
¿Funciona en taquilla?
Claro.
La marca sigue siendo fuerte. Pero el mérito es de las anteriores, no de esta.
Valoración final
Mira, yo quiero mucho a esta saga. Muchísimo. Pero Scream 7 me ha dejado frío.
Tiene un par de muertes potentes, tiene a Sidney dándolo todo y tiene la máscara más icónica del terror moderno. Pero le falta alma, le falta mala leche y, sobre todo, le falta inteligencia.
Es la primera vez que salgo de una Scream pensando: “vale… ya está”.
Ojalá haya una octava que vuelva a jugar con nosotros en vez de limitarse a apuñalarnos. Porque si algo demostró la original es que se puede hacer terror y cerebro a la vez.
Aquí, el cuchillo corta.
Pero ya no pincha.


