Hay decisiones complicadas en la vida:
Comprar o alquilar.
Playa o montaña.
Tortilla con cebolla o sin cebolla.
Y finalmente está esa cuestión capaz de dividir a una comunidad entera de coleccionistas:
¿Abro la película o la dejo precintada?
Porque comprar una película para verla es fácil.
Lo complicado empieza cuando llega a casa una edición preciosa, perfectamente precintada, sin una sola marca, con las esquinas impolutas y ese plástico tan bien puesto que parece que romperlo debería estar penado por el Código Penal.
La tienes delante.
La miras.
Le das la vuelta.
Vuelves a mirarla.
Y piensas:
«Qué bonita está así»
Y ahí empiezan los problemas.
El momento de abrir el paquete
El repartidor acaba de llegar.
Abres la caja.
Retiras el papel protector.
Y aparece.
Tu nueva edición.
Perfecta.
Brillante.
Inmaculada.
Todavía huele a almacén.
Bueno, seguramente no huele a nada, pero los coleccionistas somos capaces de romantizar hasta un trozo de plástico industrial.
La coges con cuidado.
Compruebas las esquinas.
Perfectas.
El lomo.
Perfecto.
El precinto.
Perfecto.
Entonces llega la pregunta:
¿La abro?
Hombre…
La película la has comprado para verla.
En principio.
Pero tampoco hay ninguna prisa.
La puedes ver el sábado.
Así que la colocas en la estantería.
Precintada.
Primer error.
Porque una vez entra precintada en la estantería, empieza a convertirse en otra cosa
Pasan dos semanas.
Un mes.
Tres meses.
Y un día decides verla.
La sacas de la estantería.
Pero ahora ocurre algo extraño.
Ya no estás sujetando simplemente una película.
Estás sujetando una edición precintada desde hace tres meses.
Y eso cambia completamente las cosas.
Porque romper el plástico el día que llega parece normal.
Romperlo tres meses después…
Ya empieza a dar cosilla.
Es absurdo.
Lo sabemos.
Pero ocurre.
Miras el precinto.
Está tan perfecto.
La edición está tan bonita.
«Bueno, la veo otro día.»
Y vuelve a la estantería.
Acabas de superar un punto de no retorno.
A partir del año ya es prácticamente patrimonio histórico
Aquí la cosa se complica.
Porque si llevas una película precintada durante un año, abrirla empieza a parecer directamente vandalismo.
Ya no puedes.
Has tenido 365 oportunidades.
¿Por qué precisamente hoy?
Además, quizá esté descatalogada.
Vamos a mirar.
Buscas por internet.
ERROR.
Descubres que ya no está disponible en algunas tiendas.
Uy.
Esto cambia las cosas.
Ahora tienes una edición precintada y medio descatalogada.
Eso ya no es una película.
Eso es prácticamente un fondo de inversión.
Bueno, tampoco exageremos.
Pero intenta explicárselo a tu cerebro.
«Es que si la abro pierde valor»
La frase mágica.
Aquí entramos en uno de los terrenos más curiosos del coleccionismo.
Compraste una película por 25 euros.
No tienes intención de venderla.
Probablemente no la venderás jamás.
Pero no quieres abrirla porque…
pierde valor.
¿Valor para quién?
Ni idea.
Porque no la vas a vender.
Pero podría valer 50 euros dentro de unos años.
Fantástico.
Entonces tendrás una película valorada en 50 euros que tampoco venderás.
Negocio redondo.
Es como tener un billete de 50 euros metido dentro de una caja fuerte cuya llave has tirado al mar.
Pero oye.
Mantiene su valor.
El steelbook: nivel de dificultad experto
Si todo esto ocurre con un Blu-ray normal, con un steelbook la cosa alcanza otra dimensión.
Porque el steelbook viene precintado.
Y mientras está precintado…
Schrödinger estaría orgulloso.
El steelbook está perfecto y defectuoso al mismo tiempo.
No sabes si tiene rayones.
No sabes si tiene abolladuras.
No sabes si debajo del cartón hay una marca.
Mientras no lo abras, vive en un maravilloso estado cuántico en el que tú decides creer que está impecable.
Hasta que retiras el plástico.
Entonces aparece esa microabolladura.
Pequeñísima.
Invisible para cualquier ser humano normal.
Pero tú la ves.
Por supuesto que la ves.
Y ahora no puedes dejar de verla.
Tu pareja mira el steelbook:
—¿Dónde está el golpe?
—Ahí.
—¿Dónde?
—AHÍ.
—Yo no veo nada.
Exactamente.
Porque no está entrenada.
Luego están los que compran dos
Esta es posiblemente la solución más elegante al problema.
Y también la más absurda.
Una copia para abrir.
Otra para guardar precintada.
Brillante.
Has conseguido solucionar el dilema de si abrir una película…
comprando dos veces la misma película.
Financieramente impecable.
La primera se convierte en la copia «de batalla».
Una expresión maravillosa.
Como si fuéramos a llevar el Blu-ray a Ucrania.
Esa es la que puedes tocar.
Abrir.
Sacar el disco.
Incluso prestársela a alguien…
Bueno, eso no.
Tampoco nos volvamos locos.
La otra permanece en la estantería.
Perfecta.
Intocable.
Como una cápsula del tiempo.
Y lo más divertido: a veces ni siquiera comprobamos el disco
Este punto me fascina.
Compramos una película.
La dejamos precintada cinco años.
Y damos por hecho que dentro está todo perfecto.
¿El disco funciona?
Esperemos.
¿Viene el disco correcto?
Probablemente.
¿Tiene algún defecto de fabricación?
Ya lo descubriremos en 2037.
Ese día abriremos orgullosamente nuestra edición limitada, meteremos el disco en el reproductor y aparecerá:
«Disco no reconocido.»
Maravilloso.
Doce años protegiendo el plástico para descubrir que lo importante estaba defectuoso desde el primer día.
Pero es que el precinto tiene algo
Hay que reconocerlo.
Una edición completamente nueva tiene un encanto especial.
No tiene huellas.
No tiene roces.
No tiene polvo dentro.
Todo está exactamente como salió de fábrica.
Y cuando coleccionas, parte del placer está precisamente en conservar.
Lo entiendo perfectamente.
Porque el coleccionismo no consiste únicamente en consumir.
También disfrutamos teniendo las cosas.
Ordenándolas.
Mirándolas.
Cuidándolas.
Buscando esa edición concreta.
Hay películas que probablemente disfrutamos más durante los tres meses que estuvimos buscándolas que durante las dos horas que tardamos en verlas.
Y no pasa nada.
Coleccionar también es eso.
Pero entonces miro la estantería y pienso…
¿Para qué compré todas estas películas?
No compré acciones.
No compré lingotes de oro.
No compré obras de arte para una cámara acorazada.
Compré películas.
Y las películas están hechas para verlas.
Los steelbooks están hechos para abrirlos.
Los libretos están hechos para leerlos.
Los discos están hechos para meterlos en un reproductor.
Y esas ediciones tan bonitas que hemos comprado están hechas también para disfrutarlas por dentro.
De hecho, muchas veces nos obsesionamos tanto con conservar algo perfectamente que terminamos privándonos precisamente de aquello por lo que lo compramos.
Yo soy del equipo de abrir
Con dolor, eso sí.
Tampoco voy a hacerme ahora el valiente.
Hay precintos que cuesta romper.
Especialmente cuando hablamos de una edición limitada, numerada o descatalogada.
Ese primer corte con la uña…
Uf.
Pero después ocurre algo maravilloso.
Quitas el plástico.
Abres la edición.
Sacas el libreto.
Miras las postales.
Descubres el diseño interior.
Coges el disco.
Lo metes en el reproductor.
Y finalmente esa película deja de ser simplemente un objeto bonito en una estantería.
Pasa a formar parte de tu colección de verdad.
Así que abre esa película
Sí.
Esa.
La que llevas mirando dos años.
Quítale el plástico.
Con cuidado, tampoco hace falta abrirla como un chimpancé.
Disfruta del packaging.
Lee el libreto.
Mira los extras.
Pon el disco.
Porque dentro de veinte años seguramente no recordarás si aquella edición estuvo perfectamente precintada durante toda su vida.
Pero quizá sí recuerdes aquella noche en la que la abriste, apagaste las luces y viste la película.
Y si algún día decides venderla y resulta que abierta vale 15 euros menos…
Pues qué le vamos a hacer.
Ya intentaremos recuperarlos comprando alguna película rebajada.
Que, como ya aprendimos en el artículo anterior, cuando una película baja de 25 a 10 euros…
no gastamos 10.
Ahorramos 15.
Las cuentas del coleccionista siempre terminan cuadrando.



