Hay días en los que uno se levanta, entra en internet y se encuentra una noticia que le amarga el desayuno.
Esta semana le ha tocado a Sony.
Que si los juegos físicos tienen los días contados, que si todo será digital, que si el futuro va por ahí…
Y claro.
Como coleccionista de películas, lo primero que piensas no es en la PlayStation.
Piensas en tu estantería.
Porque si esto empieza por los videojuegos… ¿quién dice que dentro de unos años no le toque a las películas?
Pero después de pasar por todas las fases del duelo, he decidido mirar el vaso medio lleno.
Porque, pensándolo bien…
Que desaparezca el formato físico tiene muchas ventajas.
O eso intento repetirme para no llorar.
Por fin voy a ver todas las películas que tengo pendientes
Esta es, probablemente, la mayor ventaja.
Ahora mismo tengo una lista de películas pendientes que ya no sé si llamarla lista o censo.
Cada mes llegan más ediciones nuevas de las que me da tiempo a ver.
Así es complicado.
Es como intentar vaciar una piscina con una cuchara mientras alguien abre el grifo.
Si dejaran de editar películas en físico… ¡Problema resuelto!
La lista dejaría de crecer.
Incluso podría empezar a bajar.
Igual dentro de quince o veinte años consigo ponerme al día.
Mi objetivo siempre ha sido el mismo: reproducir al menos una vez cada película de mi colección.
Muchas ya las he visto en el cine, en televisión o en plataformas.
Pero no cuenta.
Lo que quiero es meter ese disco en mi reproductor.
Porque hasta que no hago eso siento que la edición sigue «virgen».
Y eso, para un coleccionista, pesa.
Mi cuenta bancaria también respiraría
Esto también hay que reconocerlo.
Cada mes aparece alguien anunciando una edición limitada.
Que si un steelbook.
Que si una edición coleccionista.
Que si una restauración en 4K supervisada por el director.
Que si una tirada limitada de 500 unidades.
Y ahí vas tú.
«Bueno… esta será la última.»
Ja.
Todos sabemos que esa frase dura exactamente hasta el siguiente anuncio de la distribuidora de turno.
Si no hubiera más lanzamientos…
Mi cartera empezaría a recuperarse.
Quizá hasta podría ahorrar.
O cambiar el coche.
O arreglar la persiana del salón, que lleva tres años torcida porque ese dinero acabó convertido en ediciones coleccionista.
Alguno que yo me sé, hasta podría comprarse un palo nuevo para la escoba 🤣
También ganaría espacio en casa
No entraría nada nuevo.
Qué maravilla.
Las estanterías dejarían de crecer.
No tendría que hacer más Tetris.
No habría que mover medio salón porque llega otra colección completa.
Ni escuchar el clásico:
—¿Otra película?
No.
Esta vez no.
Porque ya no existirían.
Problema solucionado.
Se acabaría el FOMO
Esa angustia maravillosa de entrar en una tienda y descubrir que una edición se ha agotado mientras estabas pensando si comprarla o no.
Desaparecería.
Ya no habría reservas.
Ni ediciones limitadas.
Ni alertas.
Ni mensajes diciendo:
«Corre, que quedan cuatro.»
La paz absoluta.
Las visitas dejarían de preguntarme si las he visto todas
Esta pregunta también desaparecería.
Porque la respuesta seguiría siendo «no», pero al menos ya no aumentaría el problema.
Y sí, sigo teniendo películas precintadas.
No por especulación.
No por inversión.
Simplemente porque el día tiene 24 horas y las distribuidoras parecen convencidas de que tiene 96.
Se acabaría aquello de «este mes compro poco»
Otra mentira menos.
Porque todos sabemos cómo termina eso.
Empiezas diciendo que solo comprarás una.
Y acabas justificando ocho porque «ya que pago el envío…»
Y dejaría de sufrir cada vez que anuncian novedades
Hay meses que parecen una competición.
Una distribuidora anuncia diez títulos.
Otra responde con doce.
Llega otra con un pack sorpresa.
Y tú solo quieres vivir tranquilo.
Sin abrir veinte pestañas.
Sin hacer cuentas.
Sin reorganizar el presupuesto.
Qué descanso sería.
…
……
………
…………
Bueno.
No.
¿Sabeis qué?
Qué narices.
No me creo absolutamente nada de lo que acabo de escribir.
Porque sí, quizá ahorraría dinero.
Quizá terminaría la lista de pendientes.
Quizá hasta recuperaría espacio en casa.
Pero también dejaría de sentir esa ilusión cuando anuncian una restauración que llevabas años esperando.
Dejaría de abrir un paquete como si fuera Navidad.
Dejaría de colocar una edición nueva en la estantería buscando el hueco perfecto.
Dejaría de escuchar girar un disco antes de apagar las luces y darle al play.
Y, sobre todo, desaparecería una forma de disfrutar del cine que va mucho más allá de ver una película.
Así que no.
No quiero ahorrar tanto.
No quiero terminar tan rápido mi lista de pendientes.
No quiero unas estanterías vacías.
Prefiero seguir quejándome de que no me da tiempo a verlo todo.
Prefiero seguir diciendo que «este mes no compro nada» para incumplirlo a las dos horas.
Prefiero seguir buscando huecos imposibles para una balda más.
Porque, en el fondo, todos los que coleccionamos sabemos una cosa.
El problema nunca han sido las películas que nos faltan por ver.
El verdadero problema sería que un día dejaran de existir las que aún nos quedan por comprar.
Y ojalá ese día no llegue nunca.



