Había muchas maneras de hacer mal una película de He-Man en 2026. Muchísimas.
Podías avergonzarte del material original e intentar convertir a Skeletor en un villano atormentado que habla durante veinte minutos sobre el vacío de su existencia.
Podías vestir Eternia de gris, quitarle toda la fantasía hortera y vender aquello como una épica solemne.
O podías hacer justo lo contrario: convertirlo todo en un chiste permanente, con personajes mirando prácticamente a cámara para recordarnos cada cinco minutos que sí, que todo esto es bastante ridículo.
Travis Knight elige un camino bastante más complicado: aceptar que Masters del Universo es una marcianada y tomársela en serio justo lo necesario.
Y, contra todo pronóstico, funciona.
Aunque no siempre.
Tampoco estamos hablando de una aventura fantástica destinada a cambiar el género (ni falta que le hace).
El guion tiene costuras muy visibles, algunos chistes llegan con la delicadeza de Battle Cat entrando en una cristalería y sus 132 minutos se notan bastante más de lo que deberían.
Pero cuando la película abraza Eternia, saca la espada y empieza a jugar con toda la juguetería de Mattel sin pedir perdón ni avergonzarse por ello, reconozco que me gana.
Porque esta vez He-Man puede ser He-Man.

Travis Knight entiende dónde se ha metido
Una de las mejores decisiones de la película está en el tono.
Travis Knight ya había demostrado con Bumblebee que sabe acercarse a una franquicia nacida alrededor de juguetes y encontrar algo humano entre todo el plástico.
Aquí el reto era incluso más puñetero.
He-Man pertenece a un universo donde conviven tipos hipermusculados, espadas mágicas, tecnología futurista, castillos imposibles y un señor llamado Skeletor cuya cara es literalmente una calavera.
Intentar disimular lo absurdo habría sido un error.
El propio Knight ha defendido precisamente esa idea al hablar de la película: para él, la naturaleza disparatada de He-Man forma parte de su encanto y hacer una versión oscura y tremendamente seria del personaje no tendría demasiado sentido. También ha explicado que buscaba recoger elementos de distintas encarnaciones de la franquicia, desde los juguetes originales y la serie de Filmation hasta la película de 1987.
Eso se nota.
He-Man y los Masters del universo tiene humor y es consciente de que su protagonista parece capaz de levantar un Seat Panda con una mano, pero no convierte el universo entero en una parodia. Cuando toca sacar pecho con Grayskull, la espada, Skeletor y toda la mitología de Eternia, Knight no se esconde.
Hay algo refrescante en eso.
Durante demasiado tiempo, Hollywood ha tratado determinadas propiedades fantásticas como si tuviera que pedir perdón por adaptarlas. Aquí nadie parece avergonzarse de los nombres, los trajes, los colores o la iconografía.
Eternia es Eternia.
Y cuanto más Eternia se vuelve la película, más me gusta.
El viaje a Eternia tarda demasiado
Aquí aparece mi principal problema.
La película parte de una idea bastante evidente para introducir el universo a espectadores nuevos: Adam fue separado de Eternia siendo niño y ha crecido en la Tierra. Cuando recupera la Espada del Poder, comienza el camino que terminará enfrentándolo con Skeletor.
Sobre el papel lo entiendo perfectamente.
Tenemos un protagonista que conoce —o redescubre— este mundo al mismo tiempo que nosotros, lo que permite explicar quién es quién sin empezar la película soltándonos veinte minutos de Wikipedia fantástica.
El problema es que yo he venido a ver Masters del Universo, y durante demasiado rato parece que la película tiene miedo de llegar a Masters del Universo.
La parte terrestre cumple su función, establece a Adam y prepara su conflicto personal, pero se alarga.
Hay comedia que podría haberse recortado, situaciones que insisten demasiado en la misma idea y un ritmo inicial que hace que uno empiece a mirar hacia Eternia como quien espera que abran por fin las puertas del parque de atracciones.
Y entonces llegamos.
Ahí la cosa cambia.
Cuando la película deja atrás buena parte de la presentación y empieza a desplegar personajes, criaturas, localizaciones y cacharrería fantástica, encuentra una energía mucho más divertida.
De repente entiendo mejor qué película quería hacer Knight.
Y también pienso que me habría gustado que llegase antes.
Nicholas Galitzine tenía una misión bastante complicada
Interpretar a He-Man tiene trampa.
Todo el mundo piensa primero en el físico, claro. Es inevitable. El personaje forma parte de esa fantasía ochentera de músculos imposibles y poses con espada que prácticamente podría venir acompañada de una portada de Manowar.
Pero un actor puede ponerse enorme y seguir sin ser He-Man.
Nicholas Galitzine funciona porque su Adam tiene bastante más encanto que bíceps, y eso que bíceps precisamente no le faltan.
Knight explicó durante la promoción que, al buscar protagonista, le interesaban especialmente el humor, el carisma y la capacidad de mostrar vulnerabilidad, no simplemente encontrar un cuerpo adecuado para el personaje. Esa decisión termina siendo fundamental.
Galitzine consigue que Adam resulte simpático antes de que aparezca toda la parafernalia heroica. Tiene cierta ingenuidad, sabe reírse de la situación sin convertir al personaje en un payaso y vende razonablemente bien esa sensación de estar intentando averiguar qué significa realmente ocupar el lugar que otros han decidido para él.
Y esto último es importante.
La película intenta actualizar la idea de He-Man sin destruirla. Su héroe puede ser vulnerable, dudar y sentirse fuera de sitio sin que el guion considere necesario burlarse de la masculinidad hiperbólica del personaje original durante dos horas.
Cuando toca ser He-Man, Galitzine llena la pantalla.
Ahí está buena parte del triunfo.
Porque puedes construir el mejor Castillo de Grayskull imaginable, pero si cuando el protagonista levanta la espada piensas que estás viendo a un modelo disfrazado en una convención, se acabó la película.
Aquí compro la transformación.
Compro la pose.
Compro la espada.
Y sí, compro el grito.

Skeletor necesitaba exactamente este punto de locura
Y llegamos a Jared Leto.
Con Leto nunca sé muy bien qué va a aparecer cuando se abre la caja. Puede salir un actor estupendo o alguien que parece estar compitiendo consigo mismo para descubrir cuánto puede llamar la atención antes de que el director grite «corten».
Para Skeletor, curiosamente, esa tendencia juega bastante a su favor.
Este personaje no necesita sutileza de drama escandinavo. Es Skeletor. Tiene que entrar en escena y conseguir que parezca que lleva toda la mañana planeando cómo dominar Eternia mientras practica discursos delante del espejo.
Leto entiende el encargo.
Su Skeletor tiene presencia, teatralidad y ese punto de villano de dibujos animados que la película necesita para que la cosa no se vuelva demasiado solemne. Puede resultar excesivo, claro, pero aquí que Jared Leto resulte excesivo es casi una indicación del guion.
Me funciona especialmente cuando la película permite al personaje disfrutar siendo malo.
No necesito una tesis doctoral sobre sus traumas. Quiero que Skeletor parezca una amenaza, que tenga carisma y que cuando aparezca sepamos que alguien va a acabar atravesando una pared.
Eso lo consigue.

Idris Elba puede hacer esto con los ojos cerrados
Idris Elba juega en otro registro.
Su Duncan/Man-At-Arms aporta peso a una película que podría salir volando si todos interpretasen sus personajes con la misma energía desatada. Elba tiene esa capacidad bastante envidiable para ponerse una armadura en medio del decorado más fantástico imaginable y conseguir que parezca perfectamente razonable.
Su presencia ayuda especialmente a Galitzine.
La relación entre ambos permite que el crecimiento de Adam tenga un punto de apoyo y evita que toda su evolución dependa de discursos sobre el destino. Cuando están juntos, la película encuentra algunos de sus momentos más humanos.
Camila Mendes, como Teela, tiene además suficiente carácter para no quedar reducida al papel de acompañante del héroe. Su química con Galitzine funciona y, sobre todo, se agradece que pueda participar de la aventura sin que la película tenga que detenerse constantemente para recordarnos lo competente que es.
Ese equilibrio parece sencillo hasta que ves la cantidad de superproducciones que tropiezan con él.

Eternia tenía que parecer un juguete carísimo
Visualmente hay una decisión que agradezco muchísimo: la película tiene color.
Qué concepto revolucionario, ¿eh?
Después de años viendo mundos fantásticos fotografiados como si alguien hubiera bajado la saturación porque divertirse daba vergüenza, He-Man y los Masters del universo entiende que Eternia necesita personalidad.
La dirección artística de Guy Hendrix Dyas apuesta precisamente por esa mezcla imposible entre fantasía medieval, ciencia ficción y estética de juguete que define la franquicia, mientras que la fotografía corre a cargo de Fabian Wagner y la música es de Daniel Pemberton.
Hay armaduras enormes. Arquitecturas imposibles. Tecnología mezclada con espada y brujería. Colores que probablemente deberían pelearse entre ellos pero terminan formando parte del mismo mundo.
Eso era He-Man.
La tentación habría sido convertir Eternia en otro reino fantástico genérico. Cuatro montañas, dos fortalezas grises, un ejército CGI y a correr.
Knight quiere que reconozcamos el universo.
Hay momentos donde prácticamente parece que alguien ha cogido una caja de juguetes, ha tirado todo sobre una mesa y ha dicho: «Vale, ahora vamos a gastarnos una barbaridad en hacer esto real».
Perfecto.
Para eso he venido.
Los efectos digitales no siempre mantienen el mismo nivel y alguna composición canta más de lo deseable, especialmente teniendo en cuenta la escala de la producción. Pero el diseño general compensa muchos de esos tropiezos porque al menos existe una dirección estética reconocible.
Prefiero mil veces una película que se arriesga a parecer hortera que otra visualmente correcta pero incapaz de dejarme una sola imagen en la cabeza.

El humor: unas veces sí, otras veces por favor parad
Si hay algo que me impide entusiasmarme completamente es el guion.
La película sabe que He-Man es ridículo.
Bien.
El problema aparece cuando necesita recordárnoslo demasiadas veces.
Hay bromas que funcionan porque nacen naturalmente del contraste entre Adam y este universo gigantesco. También hay cierta autoparodia bastante simpática alrededor de elementos de la mitología que, vistos hoy, son imposibles de defender con cara completamente seria.
Pero llega un punto donde la ironía empieza a convertirse en mecanismo automático.
Situación rara.
Chiste.
Nombre absurdo.
Chiste.
Momento solemne.
Chiste.
Y aquí tengo la sensación de estar viendo un problema muy extendido en el blockbuster contemporáneo: el miedo a permitir que una emoción permanezca unos segundos en pantalla sin ponerle inmediatamente un flotador humorístico.
No hace falta.
La película funciona mejor cuando confía en sí misma.
Precisamente algunos de los momentos heroicos entran tan bien porque Knight deja de guiñarnos el ojo y permite que He-Man sea, sencillamente, He-Man.
Ahí está la película que quería ver.
Dos horas «y pico» minutos son demasiadas para esta aventura
La película tiene una duración en 132 minutos.
Y se notan.
No porque la película sea aburrida en términos generales. Cuando pone toda la maquinaria en funcionamiento puede ser tremendamente entretenida. El problema está en cómo reparte el tiempo.
El arranque podría apretarse bastante. Algunos intercambios cómicos admitían tijera. Hay exposición que vuelve sobre conceptos ya suficientemente claros. Y determinados momentos intermedios parecen estar preparando piezas para una franquicia cuando yo todavía estoy intentando disfrutar de esta película.
Con veinte minutos menos, creo que ganaría muchísimo.
Porque cuando Masters del Universo acelera, tiene una energía pulp fantástica estupenda.
Las peleas son físicas, los personajes tienen habilidades reconocibles y Knight intenta que la acción conserve cierta legibilidad entre tanto efecto digital. No todo es una nube de partículas con dos muñecos CGI golpeándose mientras la cámara sufre un ataque de ansiedad.
Se entiende quién pega a quién.
Parece una tontería.
Últimamente no lo es.
Y cuando llega el tramo en el que todas las piezas empiezan a encajar, la película encuentra ese espectáculo grande, descarado y ligeramente infantil que llevaba buscando desde el principio.
La nostalgia está ahí, pero al menos hay película debajo
Era inevitable.
He-Man existe en 2026 porque existe una generación que tuvo los juguetes, vio la serie y reconoce una Espada del Poder a cincuenta metros.
La película lo sabe.
Hay referencias, personajes y detalles diseñados para activar esa parte del cerebro que dice: «¡Eh, yo tenía ese muñeco!». Knight ha reconocido abiertamente que tomó elementos de varias etapas de la franquicia, incluyendo material bastante menos conocido.
Eso puede ser peligroso.
Una referencia no es una historia. Sacar algo conocido durante tres segundos y esperar un aplauso tampoco equivale a hacer cine.
Por suerte, aquí la nostalgia suele funcionar como decoración y no como único combustible.
Un espectador que no haya visto un capítulo de He-Man puede seguir perfectamente la aventura. Quizá no entienda por qué el señor de cuarenta y tantos sentado tres filas más adelante acaba de emocionarse porque ha aparecido determinado personaje, pero la historia no depende de esa reacción.
Y para mí ahí está la diferencia entre homenaje y chantaje nostálgico.
No necesito haber jugado con las figuras para entender a Adam.
Pero si jugué con ellas, tengo premio.
Así debería funcionar.
¿Necesitábamos otra franquicia?
La pregunta incómoda está ahí.
Porque Masters del Universo llega en una época en la que prácticamente cualquier propiedad intelectual con suficientes años encima parece candidata a resurrección.
He-Man vuelve. Volverán otros. Y después volverán los que ya habían vuelto.
Entiendo perfectamente el cansancio.
Pero juzgando únicamente lo que hay en pantalla, esta película tiene algo que muchas operaciones nostálgicas olvidan: parece hecha por gente a la que genuinamente le gusta este universo.
Eso no arregla automáticamente el guion.
No convierte los chistes flojos en buenos.
No hace desaparecer los problemas de ritmo.
Pero se nota.
Knight no está intentando demostrar que es demasiado sofisticado para He-Man. Está jugando con He-Man.
Y esa diferencia termina salvando buena parte de la película.
Conclusión
He-Man y los Masters del universo tiene justo la cantidad de vergüenza que necesitaba: muy poca.
Travis Knight entiende que adaptar este material exige aceptar sus músculos, sus colores, sus nombres imposibles y su mezcla de espada, magia y ciencia ficción. Nicholas Galitzine consigue que Adam tenga suficiente humanidad para sostener todo ese espectáculo, Idris Elba aporta gravedad y Jared Leto encuentra en Skeletor uno de esos personajes donde pasarse un poco de vueltas forma parte del trabajo.
Me sobra metraje. Bastante. También me sobra esa necesidad constante de insertar humor cuando la película podría simplemente confiar en la aventura, y el guion rara vez sorprende cuando se aparta de la pura diversión.
Pero cuando llega a Eternia, abre la caja de juguetes y deja de preocuparse por parecer ridícula, me lo paso francamente bien.
No hace falta haber crecido con He-Man para entrar. Si lo hiciste, evidentemente habrá un nivel adicional de disfrute. Y si buscas fantasía oscura, adulta y solemne, probablemente te hayas equivocado de bárbaro.
Yo quería espada, Skeletor, color, monstruos, cacharros imposibles y un tipo levantando acero hacia el cielo mientras la película se viene arriba.
Por el poder de Grayskull, compro.









