Kane Parsons ofrece una experiencia inquietante y fascinante
Durante años dio la sensación de que el cine comercial había perdido parte de su capacidad para sorprender. Secuelas, remakes, universos compartidos y fórmulas cada vez más reconocibles parecían dominar la cartelera.
Por eso resulta tan refrescante encontrarse con una propuesta como Backrooms, una película que nace de Internet, de la imaginación de un creador prácticamente autodidacta y que demuestra que todavía quedan rincones inexplorados dentro del cine de terror.
Lo primero que llama la atención es la historia que hay detrás del proyecto.
Su director, Kane Parsons, comenzó dando forma a este universo a través de una serie de cortos publicados en YouTube. Aquellos vídeos, construidos con una mezcla de metraje encontrado, terror analógico y espacios imposibles, se convirtieron rápidamente en un fenómeno viral.
Lo sorprendente es que la adaptación cinematográfica no se limita a trasladar ese material a la gran pantalla, sino que consigue expandirlo sin perder su esencia.

La gran baza de Backrooms sigue siendo el llamado terror liminal.
Pasillos interminables, habitaciones vacías, oficinas abandonadas y lugares que resultan familiares y extraños al mismo tiempo. Son escenarios que generan una inquietud constante porque parecen pertenecer a nuestro mundo, pero funcionan con reglas que no terminamos de comprender.
La película explota esa sensación de desorientación con enorme inteligencia, convirtiendo cada nuevo espacio en una amenaza potencial.
A diferencia de los cortometrajes originales, aquí existe una narrativa más convencional. Los personajes tienen un peso mucho mayor y sirven como punto de entrada para el espectador.
El protagonista, interpretado por Chiwetel Ejiofor, aporta el componente humano necesario para que la historia no se convierta únicamente en una sucesión de imágenes inquietantes. Junto a él destaca una magnífica Renate Reinsve, cuya presencia añade profundidad emocional a un relato que podría haberse quedado en un simple ejercicio de atmósfera.
Y es precisamente ahí donde la película encuentra su equilibrio.
Backrooms sabe que su mayor fortaleza es el misterio. En lugar de caer en la tentación de explicarlo todo, dosifica la información y deja espacio para que el espectador participe activamente en la experiencia.
Hay respuestas, sí, pero las justas. Las suficientes para sostener la trama sin destruir la fascinación que produce este universo.

Visualmente, el trabajo de Parsons resulta impresionante.
No tanto por la espectacularidad de sus imágenes como por la capacidad que demuestra para generar tensión con elementos aparentemente cotidianos. Un pasillo vacío, una esquina mal iluminada o una estancia sin salida se convierten en fuentes de angustia genuina.
El director entiende perfectamente que el miedo más efectivo suele ser aquel que nace de lo que intuimos, no de lo que vemos claramente.
Quizá lo más interesante de Backrooms sea lo que representa dentro del panorama actual del género.
Es la confirmación de una nueva generación de cineastas surgidos de Internet que están encontrando en el terror el terreno perfecto para desarrollar ideas originales con presupuestos relativamente contenidos. Y viendo el resultado, cuesta no sentirse optimista sobre el futuro del género.
Backrooms es una experiencia absorbente, perturbadora y sorprendentemente madura.
Una película que demuestra que todavía es posible construir nuevos mitos del terror en pleno siglo XXI y que confirma a Kane Parsons como un nombre al que conviene seguir muy de cerca.
No es solo una de las propuestas más interesantes del año dentro del género; es también un recordatorio de que las buenas ideas siguen siendo el combustible más valioso del cine.




