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La odisea: Christopher Nolan se echa a la mar

Christopher Nolan podía hacer prácticamente lo que le diese la gana después de Oppenheimer. Y decidió hacer una superproducción de casi tres horas basada en Homero, rodada íntegramente con cámaras IMAX y con Matt Damon recorriendo medio Mediterráneo para intentar volver a casa. Pues mira, compro.

La odisea dura 172 minutos y adapta el regreso de Odiseo a Ítaca después de la guerra de Troya. Sobre el papel tenemos cíclopes, sirenas, dioses, hechiceras, barcos, monstruos y un reparto en el que cuesta encontrar a alguien que no sea famoso. Pero Nolan encuentra el punto que más le interesa muy pronto: Odiseo vuelve de Troya convertido en alguien distinto al hombre que se marchó.

Y ahí está, para mí, la película.

Porque todo el espectáculo que la rodea es gigantesco. Hay imágenes de esas que justifican levantarse del sofá, pagar una entrada y buscar la pantalla más grande que tengas razonablemente cerca. Nolan vuelve a demostrar que cuando tiene espacio, dinero y celuloide para jugar pueden conseguir auténticas barbaridades visuales. Además, hablamos del primer largometraje rodado íntegramente con cámaras IMAX, algo que aquí tiene bastante más sentido que como simple frase para poner en el cartel.

Pero curiosamente lo que más me gusta de La odisea no es su tamaño, sino la sensación de cansancio que arrastra.

Odiseo está agotado.

Y Matt Damon lo entiende perfectamente.

Su personaje ha ganado una guerra y, aun así, da la impresión de haber perdido muchísimo por el camino. Cada nueva etapa del viaje parece arrancarle otro pedazo. Nolan aprovecha la aventura homérica para volver a uno de sus temas favoritos: hombres enfrentados a algo demasiado grande para ellos que intentan conservar cierta capacidad de decisión mientras el mundo se dedica a recordarles que controlan bastante menos de lo que creen.

Aquí ese algo son los dioses, el mar, la guerra, el destino y, probablemente, el propio Odiseo.

Matt Damon me parece una elección bastante más interesante de lo que parecía cuando se anunció. No tiene esa presencia de héroe mitológico de estatua griega que quizá uno imaginaría para el personaje, y precisamente por eso funciona. Su Odiseo tiene barro, heridas, miedo y una cabezonería monumental. Lo veo como un hombre antes que como una leyenda.

Y eso le viene de maravilla a la película.

Cuando Nolan se pone épico, se pone MUY épico

Aquí hay que hablar del elefante —o del cíclope— de la habitación.

Visualmente, La odisea es una animalada.

Nolan rueda la mitología intentando que todo tenga peso físico. Los barcos parecen barcos, el agua parece peligrosa, la suciedad se pega a los personajes y los escenarios transmiten una escala que muchas superproducciones han perdido por el camino. La película se rodó en seis países y apostó fuerte por localizaciones, efectos prácticos y fotografía IMAX.

Hay momentos en los que prácticamente puedes notar la sal.

Y esto importa porque Nolan toma una decisión que me parece fundamental: no convierte el mundo de Homero en una fantasía de colorines. Su Grecia es áspera, hostil y bastante poco apetecible para unas vacaciones. Cuando entra lo fantástico, entra dentro de un mundo que previamente hemos aceptado como físico.

El resultado tiene algo primitivo que le sienta fenomenal.

También ayuda Ludwig Göransson, claro. Su música vuelve a tener una presencia enorme y empuja determinadas secuencias hasta llevarlas casi al terreno de la experiencia sensorial. Nolan sigue teniendo esa querencia por mezclar música, montaje y sonido hasta que parece que la sala de cine te está intentando mover los órganos internos de sitio.

A mí me funciona.

Aunque también entiendo perfectamente a quien termine un poco hasta el gorro.

Porque Nolan sigue siendo Nolan con todas las consecuencias. Le cuesta muchísimo bajar el volumen emocional. Todo tiene importancia, todo parece decisivo y prácticamente cada conversación lleva encima el peso de tres mil años de civilización occidental.

Christopher, hombre, también podemos hablar un rato sin que parezca que estamos decidiendo el destino de la humanidad.

Tres horas navegando y algún tramo con viento en contra

Aquí encuentro el principal problema.

La película dura casi tres horas y se notan.

No necesariamente porque me aburriese, pero sí porque el viaje tiene altibajos. La propia naturaleza episódica de La Odisea juega un poco en contra de Nolan: llegamos a un lugar, aparece una nueva amenaza, Odiseo toma decisiones, sufrimos las consecuencias y continuamos navegando.

Hay episodios tremendamente potentes y otros que parecen más una escala necesaria antes del siguiente gran momento.

Además, Nolan racionaliza bastante la mitología. Su adaptación modifica y elimina elementos del poema —incluidos personajes y parte de la intervención directa de los dioses— para llevar el relato hacia un terreno más humano y psicológico.

Aquí tengo sentimientos encontrados.

Por un lado, entiendo perfectamente lo que busca. Esta Odisea habla de la culpa, las consecuencias de la guerra y la imposibilidad de regresar siendo exactamente la misma persona que salió de casa. Nolan utiliza el mito para hablar del hombre.

Pero alguna vez me habría gustado que soltase un poco las riendas.

Que abrazase lo fantástico sin necesidad de buscarle constantemente una lectura terrenal.

Estamos adaptando a Homero. Puedes meter dioses, monstruos y todas las locuras que quieras. Nadie va a pedirte el libro de reclamaciones.

Y luego está Ítaca

Sin entrar en spoilers, porque aquí merece la pena llegar limpio, el último tramo es donde todo termina encajando.

La película deja progresivamente atrás parte del espectáculo aventurero y empieza a cobrar importancia aquello que llevaba esperando desde el principio: Penélope, Telémaco, los pretendientes y el regreso de Odiseo.

Anne Hathaway aporta muchísimo con relativamente poco. Penélope necesita transmitir inteligencia, desgaste y una fortaleza distinta a la de los hombres que se han pasado media película dándose espadazos, y Hathaway consigue que entendamos rápidamente que en Ítaca también se ha librado una guerra, solo que de otra manera.

Tom Holland funciona bien como Telémaco, aunque el reparto mastodóntico provoca inevitablemente que algunos nombres sepan a poco. Robert Pattinson, Zendaya, Charlize Theron, Lupita Nyong’o, Samantha Morton, Jon Bernthal, John Leguizamo… aquello parece la cola de los Oscar para entrar al baño.

Precisamente el tratamiento de algunos personajes femeninos ha sido uno de los puntos discutidos alrededor de la adaptación, especialmente por las reducciones y cambios respecto a Homero.

Y puedo entender esa crítica.

Porque la película está absolutamente pegada a Odiseo. Todo acaba pasando por él, incluso cuando alrededor hay personajes que podrían haber dado para bastante más.

Eso sí: cuando finalmente llegamos a Ítaca, Matt Damon recoge todo lo que lleva acumulando durante el viaje.

Y ahí comprendí mejor su interpretación.

No estamos viendo al mismo hombre que comenzó la película.

La guerra termina, pero intenta explicárselo al que vuelve

Este es probablemente el aspecto que más me ha gustado de La odisea.

Nolan vuelve a mirar la guerra sin demasiado interés por glorificarla. Ya lo hizo desde perspectivas muy diferentes en Dunkerque y Oppenheimer, y aquí la victoria de Troya pesa sobre Odiseo como una losa. El regreso acaba funcionando también como un viaje por las consecuencias de haber sobrevivido.

La pregunta deja de ser únicamente si conseguirá regresar a casa.

La pregunta interesante es quién regresará.

Porque puedes volver al mismo lugar, encontrar a la misma mujer y caminar por las mismas habitaciones, pero diez años de guerra y otros tantos de viaje no desaparecen al cruzar la puerta.

Y ahí encuentro al Nolan que más me interesa.

Mucho más que el Nolan del formato IMAX, las cámaras enormes y los barcos reales.

El cineasta obsesionado con el tiempo vuelve a hablar, en el fondo, de algo tremendamente sencillo: el tiempo que perdemos y aquello que encontramos cuando intentamos recuperarlo.

Conclusión

La odisea es excesiva, larguísima, solemne, físicamente apabullante y, por momentos, algo enamorada de su propia grandeza.

Vamos, una película de Christopher Nolan de manual.

Pero también me parece una superproducción con una ambición que ya cuesta encontrar. Aquí hay dinero puesto delante de la cámara, escenarios reales, cientos de personas trabajando para construir imágenes enormes y un director aprovechando el cheque en blanco ganado después de Oppenheimer para adaptar un poema de hace casi tres mil años.

Solo por semejante locura ya me cae simpática.

No todo me funciona igual. Hay episodios que me atrapan muchísimo más que otros, algunos personajes quedan bastante desaprovechados y esa necesidad de Nolan de mantener constantemente la película en modo trascendental puede resultar agotadora durante 172 minutos. Incluso dentro del espectáculo, he echado de menos algo más de misterio y descontrol mitológico.

Pero cuando funciona, vaya si funciona.

Hay imágenes que se quedan pegadas. Hay secuencias que te recuerdan lo divertido que puede ser contemplar una película gigantesca en una pantalla gigantesca. Y debajo de toda la maquinaria encuentro un protagonista mucho más triste y vulnerable de lo que esperaba.

Nolan convierte el regreso de Odiseo en la historia de un hombre que ha sobrevivido a su propia leyenda y ahora tiene que descubrir si todavía existe un hogar al que regresar.

Eso me interesa bastante más que contar cuántos barcos caben en un plano IMAX.

Y barcos hay unos cuantos.

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