Aventura hecha de decorados, imaginación y un buen pedrusco volcánico
Viaje al centro de la Tierra, a pesar de tener ya sus añitos, es una de esas películas que vuelves a ver después de muchos años y descubres que el tiempo no le ha pasado por encima con bastante mala leche (como a otras).
Cada vez que regreso a ella encuentro algo especialmente agradable en su manera de entender el cine de aventuras: grandes decorados, colores intensos, paisajes increíbés, científicos con más curiosidad que sentido común y una expedición que avanza sin atender a la lógica.
La película de Henry Levin llegó en 1959 adaptando la conocida novela de Julio Verne y forma parte de ese fantástico de gran estudio que Hollywood manejaba con bastante soltura durante aquellos años.
20th Century Fox puso músculo detrás del proyecto, con James Mason, Pat Boone, Arlene Dahl y Diane Baker al frente del reparto, fotografía de Leo Tover y, atención aquí, música de Bernard Herrmann. La película consiguió además tres nominaciones al Oscar, correspondientes a dirección artística en color, efectos especiales y sonido.
Y sí, vista desde 2026 hay criaturas, efectos y determinados trucajes que cantan lo suyo. Claro que cantan. Pero también tienen una presencia física que echo muchísimo de menos en buena parte del fantástico moderno. Aquí uno siente los decorados, las rocas, las cavernas y los obstáculos. La expedición parece estar realmente metida dentro de un mundo extraño, aunque sepamos perfectamente que detrás había un estudio, unos focos y un grupo de técnicos currándoselo a conciencia.
La premisa sigue entrando de maravilla.
El profesor Lindenbrook encuentra una pista escondida en una roca volcánica que apunta hacia una ruta utilizada siglos atrás por Arne Saknussemm para alcanzar las profundidades de la Tierra. Y claro, ante semejante descubrimiento, la reacción sensata sería quedarse en casa tomando una sopa caliente. Lindenbrook decide hacer exactamente lo contrario y montar una expedición. A partir de ahí empiezan cavernas, peligros, rivalidades, animales prehistóricos y descubrimientos cada vez más delirantes.
Me gusta especialmente porque mantiene muy vivo ese espíritu de aventura científica decimonónica tan propio de Verne.
Hay mapas, teorías, pistas ocultas, territorios sin explorar y hombres convencidos de que cualquier misterio puede resolverse metiéndose dentro de un agujero gigantesco. Cine de evasión en estado puro.

El verdadero protagonista está bajo nuestros pies
Uno de los grandes aciertos de Viaje al centro de la Tierra es que la película consigue que el escenario tenga personalidad propia.
La expedición importa, naturalmente, pero durante buena parte del metraje estamos esperando descubrir qué demonios habrá detrás de la siguiente pared. Ese mecanismo tan sencillo sigue funcionando estupendamente. Una galería conduce a otra, después aparece una caverna gigantesca, luego una amenaza inesperada y más adelante un espacio todavía más espectacular.
Henry Levin entiende perfectamente que aquí hay que alimentar continuamente la sensación de descubrimiento.
Y cuando hablamos de una película estrenada en 1959 conviene ponerse las gafas adecuadas.
Pretender medir sus efectos visuales con los parámetros actuales sería perderse media diversión. Aquellos reptiles prehistóricos tienen mucho de atracción de feria cinematográfica, pero también forman parte del encanto de la época. Uno ve el «truco» y, al mismo tiempo, acepta jugar con él.
Ahí está buena parte de la magia.
Personalmente, prefiero mil veces un efecto envejecido con textura y personalidad a una imagen digital técnicamente impecable que me deje completamente frío.
Además, la película sabe manejar bastante bien la progresión. El descenso transmite sensación de alejamiento respecto al mundo conocido. Cuanto más avanzan los protagonistas, más extraño se vuelve todo. Las reglas habituales empiezan a desaparecer y el interior de la Tierra se convierte prácticamente en otro planeta.
También ayuda muchísimo James Mason.
Mason podía conseguir que una explicación científica sonase interesante aunque estuviera hablando del contenido mineral de una piedra durante cinco minutos. Su profesor Lindenbrook tiene autoridad, testarudez, curiosidad y ese punto de científico obsesionado que encaja perfectamente con el tono de la historia.
Por otra parte, la música de Bernard Herrmann aporta una dimensión enorme a determinadas secuencias. Herrmann sabía convertir un escenario fantástico en algo misterioso, inquietante y monumental con apenas unas notas. Aquí su trabajo ayuda muchísimo a vender la idea de que los personajes están penetrando en un territorio donde el ser humano pinta bastante poco.
¿Por qué tienes que ver esta película?
Porque sigue siendo cine de aventuras del que apetece dejarse llevar.
No hace falta conocer la novela de Julio Verne ni ser especialmente aficionado al fantástico clásico. Basta con entrar en la propuesta y aceptar sus reglas. Hay exploración, descubrimientos, peligros, escenarios gigantescos, algo de ciencia ficción, bastante fantasía y ese tono de matiné que convierte la película en una opción estupenda para una tarde tranquila.
También te la recomendaría si tienes curiosidad por descubrir cómo construía Hollywood este tipo de espectáculos antes de que los efectos digitales solucionasen prácticamente cualquier cosa.
Aquí todo tiene otra textura.
Las cavernas parecen decorados porque lo son. Las criaturas pueden provocar alguna sonrisa. Algunos efectos ópticos han envejecido claramente. Pero esa combinación acaba generando una estética tremendamente particular. El efecto está a la vista y forma parte del placer.
Otro motivo es James Mason. Siempre merece la pena encontrarse con él, pero en este tipo de personaje funciona especialmente bien. Tiene esa mezcla de elegancia y cabezonería que necesita Lindenbrook.
Y luego está el componente Julio Verne.
Viaje al centro de la Tierra pertenece a una forma de imaginar la aventura científica que sigue siendo tremendamente atractiva: coger una teoría loca, tratarla con absoluta seriedad y construir alrededor de ella una expedición enorme. La novela original ha sido adaptada muchas veces, pero esta versión conserva una identidad visual y una personalidad propias que la siguen haciendo destacar.
¿Ha envejecido? Por supuesto.
¿Eso impide disfrutarla? A mí, desde luego, no.
De hecho, diría que parte de lo que más me gusta hoy pertenece precisamente a otra época del cine.
La edición física
Divisa Films recupera Viaje al centro de la Tierra en DVD en esta reedición, manteniendo la película nuevamente disponible para poder incorporarla a nuestras colecciones en formato físico.
A continuación puedes ver el reportaje fotográfico de la edición.





Ficha técnica de la edición
| Estudios | 20th Century Studios |
| Distribuidora | Divisa Films |
| Formato | DVD |
| Número de discos | 1 |
| Packaging | Amaray |
| Imagen | 16:9, 2.35:1, Color |
| Audio |
Castellano (Dolby Digital 2.0) Francés (Dolby Digital 2.0) Alemán (Dolby Digital 2.0) Inglés (Dolby Digital 4.0) |
| Subtítulos | Castellano, Francés, Italiano, Holandés, Inglés para sordos, Alemán para sordos |
Contenido extra
No han llenado el disco de contenidos adicionales, pero al menos encontramos dos extras directamente relacionados con la película. En una reedición sencilla como esta siempre agradezco que no se limite exclusivamente al largometraje, especialmente tratándose de un título clásico con tantos años de recorrido.
- Comparación de la restauración
- Tráiler original de cine
La comparación de la restauración es, claro está, el contenido más curioso del disco. En películas de catálogo resulta interesante comprobar el trabajo realizado sobre los materiales y hacerse una idea más clara de cómo ha cambiado la presentación de la película.
Conclusiones
Viaje al centro de la Tierra conserva una capacidad de entretenimiento que me parece mucho más importante que cualquier discusión sobre cuánto han envejecido sus efectos.
Es una película de aventuras generosa, colorida y tremendamente imaginativa, hecha en una época en la que el espectáculo fantástico dependía en gran medida de decorados, trucajes ópticos, miniaturas, animales convenientemente disfrazados de criaturas prehistóricas y toneladas de inventiva.
Y funciona.
James Mason sostiene estupendamente la aventura, Bernard Herrmann pone la música que semejante expedición necesitaba y el diseño visual consigue que el viaje tenga esa sensación progresiva de estar entrando en un territorio cada vez más imposible.
Estamos ante una reedición básica en DVD, con un único disco y presentación estándar. La parte positiva está en mantener el título disponible en formato físico, ofrecer diferentes pistas de audio y subtítulos y conservar dos pequeños contenidos adicionales.
Para tener esta adaptación clásica de Julio Verne en casa en una edición funcional, cumple perfectamente su cometido.
Yo la veo especialmente recomendable para aficionados al fantástico clásico, coleccionistas de adaptaciones de Verne y espectadores con debilidad por esa ciencia ficción aventurera de finales de los cincuenta y primeros sesenta.
Porque cuando uno ve a un grupo de científicos internarse alegremente hacia el centro del planeta mientras Bernard Herrmann empieza a ponerse serio con la orquesta, resulta complicado no acompañarlos.
Y eso, más de sesenta años después, tiene bastante mérito.
Ficha de la edición










