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Cine · Coleccionismo · Formato físico

Editorial

Abolladuras, rayones y otras formas de arruinarte el día: el drama de ser coleccionista

Meses esperando un Steelbook. Llega el paquete, lo abres y descubres una abolladura que apenas se ve. Bienvenido al maravilloso mundo del coleccionismo, donde dos milímetros pueden arruinarte el día.

Edu McFly

Hay gente que pierde las llaves, se queda sin batería en el móvil o descubre que se ha olvidado de pagar una factura, y su vida sigue como si nada. Pero nosotros, los coleccionistas, somos capaces de entrar en una crisis existencial porque un Steelbook tiene una abolladura de dos milímetros.

Existen dos tipos de personas en este mundo: las que reciben un paquete, lo abren, disfrutan de su contenido y siguen con su vida… y las que coleccionamos películas.

Porque para nosotros recibir un Steelbook es todo un acontecimiento. Una ceremonia. Un ritual cuidadosamente ejecutado que puede terminar en felicidad absoluta o en una profunda decepción por culpa de un pequeño desperfecto que una persona normal sería incapaz de apreciar.

Y lo peor es que sabemos perfectamente lo ridículo que resulta.

Pero nos da igual.

La felicidad dura exactamente hasta que encuentras la abolladura

Imagina la situación.

Llevas tres meses esperando ese Steelbook que reservaste el mismo día en que se anunció. Has consultado su ficha innumerables veces, has estudiado las fotografías promocionales y, por supuesto, has comprobado si lleva castellano en prácticamente todos los países de la Unión Europea.

Por fin, llega el gran día.

El repartidor llama al timbre. Abres la puerta con la ilusión de un niño la mañana de Reyes. Recoges el paquete, compruebas que aparentemente está en buen estado y empiezas a abrirlo con más delicadeza que un cirujano realizando una operación a corazón abierto.

Ahí está.

Precioso.

El diseño es espectacular. Los colores, magníficos. Incluso tiene ese acabado brillante que en las fotografías parecía horroroso, pero que ahora te encanta porque, claro, ya lo has comprado.

Sonríes.

Lo giras.

Y entonces…

LA ABOLLADURA.

Dos milímetros. Puede que uno y medio. Una alteración prácticamente imperceptible de la superficie metálica que, por alguna inexplicable razón, acabas de detectar en menos de cuatro segundos.

De repente, todo ha cambiado.

El Steelbook ya no es precioso. Ahora es un objeto defectuoso que probablemente debería ser examinado por un perito especializado.

Y lo sabes. Sabes que nadie va a verlo. Que colocado en la estantería será absolutamente indistinguible de cualquier otro. Que la película se reproducirá perfectamente y que, posiblemente, mañana ni siquiera recordarás dónde estaba el golpe.

Pero tú sabes que está ahí.

Y eso lo cambia todo.

El síndrome de la luz rasante

Existe una técnica de inspección que todo coleccionista experimentado conoce, aunque probablemente nunca la haya estudiado en ningún manual: colocar el Steelbook bajo una fuente de luz y hacerlo girar lentamente hasta encontrar cualquier posible imperfección.

Es un procedimiento que combina la precisión de un laboratorio forense con la obsesión de alguien que busca una lentilla perdida en una alfombra.

Primero, inspeccionamos las esquinas.

Después, los cantos.

A continuación, comprobamos que el cierre funciona correctamente y que las dos mitades están perfectamente alineadas.

Finalmente, llega el momento decisivo: la luz rasante.

Ese instante maravilloso en el que descubrimos un arañazo que, en condiciones normales, jamás habríamos visto.

Y aquí aparece una de las grandes contradicciones del coleccionismo: podemos pasar diez minutos buscando desesperadamente un defecto que, si no lo encontráramos, no nos molestaría absolutamente nada.

Pero una vez descubierto, resulta imposible dejar de mirarlo.

Es como cuando alguien te dice que tienes una mancha en la camiseta. Hasta ese momento eras feliz. Ahora ya no puedes pensar en otra cosa.

Solo que la camiseta no te ha costado 35 euros ni llevabas cuatro meses esperando a que llegara desde Reino Unido.

El embalaje: esa maravillosa lotería

Mención especial merece el embalaje.

Porque hay pocas experiencias que generen tanta incertidumbre como recibir una edición limitada enviada desde el extranjero.

Abres la puerta y descubres que tu flamante Steelbook está dentro de un sobre de cartón que parece haber sobrevivido a una guerra.

Sin burbujas. Sin protección adicional. Sin absolutamente nada que impida que el contenido se desplace alegremente durante el transporte.

Una edición limitada de 80 euros protegida por un material que probablemente sobró del envoltorio de un bocadillo.

Fantástico.

Pero también existe el extremo contrario.

Tiendas que envían una película dentro de una caja gigantesca, con tanto plástico de burbujas que podrías utilizarlo para acondicionar acústicamente tu salón.

Y, aun así, el Steelbook llega abollado.

¿Cómo es posible?

¿Venía así de fábrica? ¿Lo golpearon antes de meterlo en la caja? ¿Existe algún departamento secreto encargado de introducir pequeñas abolladuras en las ediciones destinadas a coleccionistas?

Nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que, a partir de ese momento, comienza otra de nuestras actividades favoritas: fotografiar desperfectos para demostrar que existen.

Veinte fotografías. Cinco ángulos. Tres iluminaciones diferentes.

Y un correo electrónico al servicio de atención al cliente explicando que la edición ha llegado dañada.

Adjuntamos las fotografías y esperamos.

Hasta que recibimos una respuesta.

«Estimado cliente, no conseguimos apreciar ningún defecto en las imágenes que nos ha enviado».

Maravilloso.

Ahora, además de una abolladura, tenemos un enemigo.

Precintado o desprecintado: el dilema definitivo

Pero las abolladuras no son nuestro único problema.

También están los arañazos, las esquinas dobladas, las fundas deterioradas, los discos sueltos y ese terrorífico sonido que a veces escuchamos cuando movemos una edición recién recibida.

Clac, clac, clac.

No puede ser.

El disco está suelto.

En ese preciso instante empieza una negociación interna digna de una cumbre internacional.

¿Abrimos la edición para comprobar si el disco está rayado? ¿La devolvemos sin desprecintar? ¿Y si abrimos el Steelbook y descubrimos que el disco está perfecto? ¿Y si no lo está? ¿Y si la tienda ya no tiene unidades disponibles?

Porque hay algo todavía peor que recibir una edición defectuosa: descubrir que se trata de una edición limitada completamente agotada.

Entonces aparece una nueva pregunta.

¿Preferimos conservar nuestro Steelbook con una pequeña abolladura o quedarnos sin él?

Y aquí es donde cualquier persona ajena al coleccionismo probablemente abandonaría la conversación y se marcharía a hacer algo productivo.

Nosotros, en cambio, abrimos un hilo en un foro.

Una funda de cartón puede convertirse en patrimonio de la humanidad

Hay que hablar de las slipcovers.

Esas fundas de cartón que acompañan determinadas ediciones y que, en teoría, sirven para protegerlas y mejorar su presentación.

En teoría.

Porque para determinados coleccionistas la funda es más importante que la propia película.

Una esquina ligeramente doblada puede provocar un disgusto considerable. Un pequeño roce en el lomo es motivo suficiente para plantearse una devolución. Y una marca producida por una pegatina mal colocada puede dar lugar a una investigación de varias horas sobre los mejores productos para eliminar residuos adhesivos.

Todo por una funda.

De cartón.

Que sirve para proteger otra caja.

Que, a su vez, sirve para proteger un disco.

Que contiene una película que, posiblemente, ya tenemos en otra edición.

Si alguna civilización extraterrestre llegara a la Tierra e intentara comprender nuestros hábitos, el coleccionismo de formato físico probablemente sería uno de los mayores desafíos de su investigación.

Especialmente cuando descubrieran que algunos guardamos las fundas en protectores transparentes para evitar que se deterioren.

Protectores para proteger la protección.

Magnífico.

El verdadero drama: cuando ya no puedes conseguir otra

Imaginemos que has decidido devolver tu Steelbook defectuoso.

Has preparado el paquete, fotografiado hasta el último milímetro de la abolladura y explicado a la tienda lo sucedido.

Todo parece solucionado.

Hasta que llega el correo:

«Lamentablemente, no disponemos de unidades para realizar la sustitución. Podemos ofrecerle un reembolso».

Y entonces aparece el verdadero dilema.

Porque tú no quieres el dinero.

Quieres tu Steelbook.

Lo quieres perfecto, por supuesto, pero, sobre todo, lo quieres.

Así que empiezas a buscar alternativas.

Compruebas otras tiendas. Revisas ediciones extranjeras. Consultas plataformas de segunda mano. Descubres que la misma edición que compraste por 35 euros ahora cuesta 89,99 euros más gastos de envío.

Y empiezas a mirar la abolladura de otra manera.

Quizá no sea tan grave.

Quizá incluso le dé personalidad.

Al fin y al cabo, todas las obras de arte tienen pequeñas imperfecciones, ¿verdad?

De repente, aquel defecto que hace media hora te parecía absolutamente inaceptable se transforma en una particularidad estética.

En una especie de cicatriz de guerra.

El Steelbook y tú habéis sufrido mucho juntos.

Y decides quedártelo.

Eso sí, no sin antes colocar la edición en la estantería con la abolladura mirando hacia la pared.

Por si acaso.

¿Estamos coleccionando películas o buscando la perfección?

Ahora bien, bromas aparte, detrás de todas estas situaciones existe una cuestión bastante interesante.

Coleccionar películas no consiste únicamente en acumular discos.

Para muchos de nosotros es una afición que combina el amor por el cine con el placer de poseer objetos que consideramos especiales. Nos gusta su presentación, su diseño, sus materiales y todo aquello que convierte una edición en algo más que un simple soporte para reproducir una película.

Y cuando pagamos un precio considerable por una edición nueva, especialmente si se anuncia como limitada o de coleccionista, es completamente razonable esperar que llegue en buenas condiciones.

No se trata de conformarse con productos dañados ni de disculpar embalajes deficientes. Tenemos derecho a recibir aquello por lo que hemos pagado.

Pero también conviene reconocer que, en ocasiones, nuestra búsqueda de la perfección puede acabar jugando en nuestra contra.

Porque una cosa es reclamar cuando una edición llega visiblemente deteriorada y otra muy distinta es convertir una imperfección microscópica en una catástrofe personal.

Y aquí es donde deberíamos hacernos una pregunta incómoda:

¿En qué momento hemos empezado a disfrutar menos de nuestras películas por preocuparnos demasiado por las cajas que las contienen?

No existe una única respuesta.

Hay quien colecciona exclusivamente para disfrutar de las películas, quien siente pasión por las ediciones especiales y quien considera los Steelbooks auténticas piezas de colección. Todas son formas perfectamente legítimas de vivir esta afición.

El problema aparece cuando el miedo a encontrar un defecto empieza a superar la ilusión de recibir una nueva película.

Cuando dejamos de admirar una edición porque estamos demasiado ocupados examinándola.

O cuando aquella compra que tanto deseábamos termina generándonos más frustración que felicidad.

Quizá, de vez en cuando, convenga recordar qué fue lo que nos hizo empezar a coleccionar.

En mi caso, al menos, fueron las películas.

Aunque debo reconocer que un Steelbook bonito tampoco ayuda precisamente a controlar el presupuesto.

Una última confesión

Llegados a este punto, seguramente penséis que después de escribir todo esto he aprendido la lección.

Que a partir de ahora abriré mis películas con tranquilidad, aceptaré las pequeñas imperfecciones inevitables y dedicaré mi tiempo a disfrutar del contenido en lugar de inspeccionar las cajas como si trabajara en el departamento de control de calidad de una fábrica.

Pues no.

Ayer recibí un Steelbook.

Venía perfectamente embalado. Sin golpes aparentes, sin esquinas dobladas y con un diseño todavía más bonito que el de las fotografías promocionales.

Estaba encantado.

Hasta que lo puse debajo de una lámpara.

Y descubrí una pequeña marca junto al título.

Llevo veinte minutos intentando averiguar si es un arañazo o forma parte del diseño.

He consultado seis fotografías en internet, dos vídeos de unboxing y tres anuncios de segunda mano.

Todavía no he visto la película.

Pero tranquilos.

Creo que la marca también aparece en las fotografías oficiales.

Creo.

Y vosotros, ¿cuál ha sido vuestro mayor drama coleccionista? ¿Habéis devuelto alguna vez un Steelbook por una pequeña abolladura? ¿Sois de los que examinan las ediciones con lupa o preferís no mirar demasiado para vivir más tranquilos?

Cuéntamelo en los comentarios. Aquí no se juzga a nadie.

Bueno, salvo a quien envía un Steelbook de 80 euros en un sobre sin protección.

A ese, un poquito sí.

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