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Cine · Coleccionismo · Formato físico

Editorial

La especulación: Wall Street, pero con Blu-rays

Una edición cuesta 35 euros. Se agota. Cinco minutos después alguien pide 120. Bienvenido al Wall Street del coleccionismo de pelis en físico, donde un simple Blu-ray puede convertirse en inversión, objeto de deseo y motivo de pánico en cuestión de minutos.

Edu McFly

Hubo un tiempo en el que comprar una edición guay de una película era bastante sencillo.

Veías una edición de una película que te gustaba, ibas a una tienda, pagabas por ella y te la llevabas a casa.

Qué tiempos tan inocentes.

Ahora comprar determinadas ediciones en formato físico se parece bastante más a operar en Bolsa en Wall Street que a ir a comprar una película. Hay que conocer la hora exacta (y el minuto exacto) de lanzamiento, tener la sesión iniciada, la tarjeta preparada, actualizar la página compulsivamente y, sobre todo, poseer unos reflejos que ya quisiera para sí Fernando Alonso.

Truco: en el canal de ofertas en telegram te aviso en tiempo real de cada lanzamiento (y si solo quieres enterarte de la preventas, activa notificaciones en el canal exclusivo de preventas)

Porque en el coleccionismo moderno, uno ya no va a comprar… se va a cazar.

Y cuando una distribuidora anuncia una edición limitada, se produce un curioso fenómeno psicológico: una película que hace cinco minutos te importaba entre poco y absolutamente nada pasa a convertirse en una necesidad vital.

—¿Pero te gusta esa película?
—Bueno… no la he visto.
—¿Entonces?
—¡QUE SOLO HAN HECHO 1.000!

Ah.

Entonces la cosa cambia.

La palabra mágica: “limitada”

Pocas palabras tienen más poder sobre un coleccionista que esta:

LIMITADA.

Puedes ponerla prácticamente sobre cualquier cosa.

“Edición limitada”.
“Numerada”.
“Exclusiva”.
“Solo 750 unidades”.

Y de repente, lo que parecía simplemente comprar una película se convierte en una misión de conservación: preservar una especie en peligro de extinción.

Porque nuestro cerebro deja de preguntarse:

“¿Quiero esta película?”

y empieza a preguntarse:

“¿Y si mañana no puedo comprarla?”

Ese pequeño cambio de pregunta ha financiado probablemente más ediciones que cualquier campaña publicitaria.

Y las distribuidoras lo saben.

Claro que lo saben.

Por eso junto a la foto de la edición aparecen palabras como “exclusiva”, “coleccionista”, “numerada” o ese temible:

“Hasta agotar existencias”.

Una frase que debería venir acompañada directamente por música de tensión.

Y entonces llega el «AGOTADO»

Lo realmente divertido empieza cuando se agota.

Porque hasta ese momento la edición costaba, pongamos, 34.95 euros.

En el preciso instante en que aparece la palabra AGOTADA, esa misma edición experimenta una transformación económica comparable a la del oro durante una crisis financiera.

Cinco minutos después aparece en plataformas de segunda mano:

89 euros.

A los veinte minutos:

120 euros.

Al día siguiente:

“Edición ULTRARRARA. IMPOSIBLE DE CONSEGUIR. DESCATALOGADA.”

Precio:

179,99 euros.

Más envío.
Por supuesto.
Porque una cosa es especular y otra regalar los portes.

Y ahí aparece una figura fundamental del ecosistema del formato físico: el inversor cinematográfico.

Se ha comprado 3 copias.

Una para él.
Otra “por si acaso”.
Y una tercera que misteriosamente aparece precintada en Wallapop cuarenta y ocho horas después.

Pero ojo: él no especula.

Jamás.

Simplemente “pone a disposición de otro coleccionista una pieza difícil de encontrar”.

A 140 euros.

Qué generosidad.

La Bolsa del Blu-ray

El mercado tiene además sus propios indicadores económicos.

Tenemos cosas mucho más fiables que el IBEX 35.

¿Se ha agotado en la web oficial?

Sube.

¿Se ha agotado también en Amazon?

Sube.

¿La distribuidora ha dicho que no habrá reposición?

¡COMPRA, COMPRA, COMPRA!

¿Alguien ha insinuado en un foro que quizá aparezcan otras 2.000 unidades el mes que viene?

¡VENDE, VENDE, VENDE!

Hay coleccionistas siguiendo la disponibilidad de determinadas ediciones con una intensidad que probablemente nunca han dedicado a revisar su hipoteca o plan de pensiones.

—Cariño, ¿has mirado cómo va nuestra hipoteca?

—Ahora no, que quedan siete copias del steelbook alemán de Casper.

Prioridades.

El efecto “ahora la quiero”

Existe además una de las leyes fundamentales del coleccionismo:

Cuanto más difícil es conseguir algo, más atractivo parece.

Cuando estaba disponible durante seis meses:
“Bah, ya la compraré.”

Cuando desaparece:
“Era una edición fundamental.”

Cuando aparece una copia a 150 euros:
“Es que el libreto estaba muy bien.”

Un libreto que probablemente jamás leas.

Pero ahora ya no importa.

Porque cuando una edición se descataloga deja de ser una película y se convierte en El Santo Grial.

Y empiezas a buscarla.

En eBay.
En Wallapop.
En tiendas italianas.
En una web alemana cuyo nombre no sabes pronunciar.
En un comercio checo que acepta una forma de pago de la que nunca habías oído hablar.

Hasta que finalmente encuentras una.

Y ahí aparece otra preciosa característica humana:
el precio de referencia desaparece.

Ya no piensas:
“Esto costaba 35 euros.”

Piensas:
“Normalmente piden 120 y este señor solo pide 85.”

¡Una ganga!

Has pagado más del doble de su precio original, pero sales convencido de que acabas de engañar al mercado.

Warren Buffett estaría orgulloso.

Pero también hay especulación inversa

No todas las inversiones cinematográficas terminan bien.

También existe ese precioso momento en el que alguien compra cuatro copias de una edición convencido de que posee el Bitcoin del coleccionismo físico…

…y tres meses después anuncian una reedición.

Mismo disco.
Mismos extras.
Nueva portada.

29,99 euros.

En ese momento puede escucharse a lo lejos el sonido de varios anuncios de Wallapop siendo modificados simultáneamente.

“Edición rarísima — 120 €”

pasa a:

“Edición descatalogada — 90 €”

Después:

“Edición difícil de encontrar — 65 €”

Y finalmente:

“Como nueva. 35 €. Escucho ofertas.”

La economía es maravillosa.

¿Quién tiene la culpa?

Aquí es donde la cosa se complica.

Porque resulta muy fácil señalar al especulador.

Y sí, comprar diez copias de una edición limitada únicamente para revenderlas cinco minutos después al triple de precio no parece precisamente una contribución desinteresada a la cultura cinematográfica.

Pero tampoco podemos fingir que el resto somos simples víctimas inocentes.

Porque la especulación necesita algo fundamental para funcionar:

alguien dispuesto a pagar.

Si nadie comprara ese steelbook de 35 euros por 150, probablemente dejaríamos de verlo anunciado a 150.

Pero entonces aparece esa vocecita interior:
“Ya… pero es que está precintado.”

Y estamos perdidos.

También existe responsabilidad cuando se fabrican tiradas deliberadamente diminutas, se fomenta la urgencia artificial o se convierte cada lanzamiento en una carrera contrarreloj.

Porque una cosa es que una edición sea limitada por razones económicas perfectamente comprensibles.

Y otra bastante distinta es construir todo el marketing alrededor de provocar ansiedad al comprador.

Cómpralo ahora.

Puede agotarse.

No habrá más.

Últimas unidades.

Y ahí estamos nosotros, a las 10:00:03 de la mañana, pulsando F5 como si estuviéramos intentando conseguir entradas para la final de la Champions.

Al final seguimos hablando de películas

Quizá convenga recordar algo de vez en cuando.

Dentro de ese steelbook precioso, numerado, exclusivo, descatalogado y actualmente valorado como una pequeña propiedad inmobiliaria…

hay una película.

Una película para verla.

Disfrutarla.

Compartirla.

Volver a verla.

Porque cuando empiezas a preocuparte más por cuánto vale una edición que por la película que contiene, quizá has dejado momentáneamente de coleccionar cine y has empezado a coleccionar activos financieros con discos dentro.

Aunque tampoco vamos a ponernos demasiado dignos.

Todos hemos visto alguna vez una edición agotada y hemos pensado:

“Joder… tenía que haberla comprado.”

Y probablemente todos hemos sentido también esa pequeña satisfacción cuando descubrimos que aquella edición que compramos por 25 euros ahora se vende por 100.

No porque vayamos a venderla.

Por supuesto que no.

Jamás.

Pero da gustito saberlo.

Así que sí: el coleccionismo físico tiene cada vez más cosas de Wall Street.

Tenemos escasez.

Especulación.

Inversores.

Burbujas.

Pánico comprador.

Pánico vendedor.

Y activos que suben y bajan de precio.

La única diferencia es que aquí, cuando el mercado se hunde, al menos puedes sacar el disco de la caja…

y ver una película.

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