SEMINCI 2026 · SECCIÓN OFICIAL · CINE ESPAÑOL
Hay una pregunta que sobrevuela toda la propuesta y que me parece especialmente interesante: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para proteger a alguien a quien queremos? Porque defender a los tuyos parece una cuestión bastante sencilla hasta que descubres que hacerlo puede significar perjudicar a otra persona igualmente querida.
Ahí está el conflicto de Hermanas, una película que pone a dos mujeres frente a una situación emocionalmente devastadora y las obliga a replantearse todo aquello que daban por sentado sobre su relación.
Chelo (Emma Suárez) y Marta (Elena Anaya) son dos hermanas muy unidas. Sus vidas, con sus problemas personales y sus respectivas cargas familiares, mantienen un equilibrio que salta por los aires cuando Lucas, el hijo adolescente de Marta, es acusado de agredir sexualmente a Sofía, la hija menor de Chelo. La decisión de denunciar al joven provoca una fractura que amenaza con destruir años de complicidad.
El planteamiento tiene una fuerza evidente. La persona de la que necesitas apoyo es precisamente aquella con la que acabas enfrentándote. Y cuando la familia se convierte en el escenario del conflicto, resulta imposible escapar de sus consecuencias.
Dos hermanas, dos maneras de afrontar lo insoportable
Uno de los grandes atractivos de Hermanas está en el enfrentamiento emocional entre sus protagonistas.
Emma Suárez interpreta a Chelo, una mujer que ya atraviesa una crisis matrimonial cuando estalla el conflicto. Su situación resulta especialmente delicada porque debe afrontar lo sucedido con su hija mientras se tambalea el resto de su vida familiar.
Me interesa mucho esa contradicción. Chelo tiene que encontrar una firmeza que quizá le cuesta ejercer en otros aspectos de su existencia. Su decisión de denunciar implica asumir unas consecuencias que van mucho más allá de los procedimientos legales.
Al otro lado está Marta, interpretada por Elena Anaya. Una madre que se enfrenta a la posibilidad de que su propio hijo haya cometido un acto terrible. Su resistencia a aceptar esa posibilidad abre uno de los interrogantes más incómodos de la película: ¿qué sucede cuando el amor de una madre choca frontalmente con la responsabilidad de reconocer el daño causado?
El personaje de Marta parece especialmente complejo porque su conflicto no se limita a defender o condenar a su hijo. También debe enfrentarse a una realidad que amenaza con dinamitar su identidad como madre, su relación con su hermana y su propia historia personal.
Elena Anaya tiene entre manos uno de esos personajes que necesitan transmitir mucho a través de lo que callan. Y eso exige una interpretación capaz de expresar miedo, incredulidad, culpa y afecto sin convertir cada emoción en una declaración de intenciones.
La presencia de Emma Suárez añade otro elemento interesante. Ambas actrices poseen registros distintos que encajan con esa oposición entre dos mujeres que comparten pasado, afectos y recuerdos, pero que descubren lo difícil que resulta mantenerse juntas cuando todo se complica.
La película depende enormemente de que esa relación resulte creíble. Sin un vínculo previo que el espectador pueda reconocer, la ruptura perdería buena parte de su fuerza.
El silencio también forma parte de la familia
Lo que encuentro más potente del planteamiento de Ione Hernández es su intención de explorar los mecanismos que permiten que determinadas situaciones permanezcan ocultas durante años.
Cuando pensamos en una familia solemos asociarla con protección, confianza y seguridad. Sin embargo, esas mismas relaciones pueden convertirse en una barrera cuando alguien necesita contar algo que incomoda al resto.
Aparecen entonces las dudas, las justificaciones, el miedo a las consecuencias y esa tendencia tan humana a intentar conservar una normalidad que quizá ya estaba deteriorada mucho antes de que todo estallara.
La propia directora ha explicado durante la presentación de la película en la Seminci que le interesaba investigar qué ocurre cuando nuestras convicciones se ponen a prueba dentro de casa. Es relativamente fácil mantener una posición moral firme cuando hablamos de situaciones ajenas. Otra cosa es sostenerla cuando quien está implicado es tu hijo, tu sobrino o alguien con quien has compartido toda una vida.
Y ahí Hermanas encuentra su principal atractivo dramático.
Porque una denuncia por agresión sexual dentro de una familia no afecta únicamente a las personas directamente implicadas. Altera relaciones, obliga a posicionarse, despierta recuerdos y puede hacer aflorar comportamientos que llevaban demasiado tiempo normalizados.
También hay una cuestión generacional que merece atención. Los silencios familiares rara vez surgen de la nada. Muchas veces se heredan junto con determinadas formas de entender la autoridad, la vergüenza o la obligación de mantener unida a la familia por encima de cualquier otra consideración.
La película plantea una idea incómoda: querer a alguien no garantiza que sepamos protegerlo adecuadamente. Y, en ocasiones, defender de verdad a una persona exige tomar decisiones que esa misma persona difícilmente podrá comprender.

La contención de Ione Hernández: una apuesta con riesgos
Uno de los aspectos que destacan las primeras valoraciones de Hermanas es la contención de su puesta en escena.
Hernández apuesta por un drama de escala íntima, centrado en las reacciones de los personajes y en las consecuencias emocionales del conflicto. Sobre el papel, me parece una elección adecuada. Una historia sobre abusos intrafamiliares necesita sensibilidad y un cuidado especial para evitar que el sufrimiento de sus personajes termine convertido en un espectáculo.
También me interesa que la directora sitúe el foco en las relaciones familiares. El argumento podría prestarse fácilmente a una estructura de investigación judicial, con revelaciones constantes y una preocupación excesiva por resolver los interrogantes del caso.
Sin embargo, el verdadero interés de la historia parece encontrarse en el daño que se produce incluso antes de que exista una respuesta definitiva para todos los personajes.
Ahora bien, la contención también tiene sus peligros.
Una narración construida alrededor de silencios, dudas e información dosificada necesita encontrar un equilibrio muy preciso. Cuando una película decide reservar determinados datos para mantener la tensión, corre el riesgo de que el espectador termine prestando más atención a lo que falta por descubrir que a los conflictos emocionales que tiene delante.
Ese es, precisamente, uno de los reparos que aparecen en algunas de las críticas publicadas tras su paso por la Seminci: la sensación de que el relato se demora demasiado en ofrecer determinadas respuestas y de que su ritmo pausado puede jugar en contra de la intensidad dramática.
Me parece una objeción importante, porque el material de partida ya tiene suficiente fuerza. No necesita demasiados mecanismos adicionales para resultar perturbador.
La pregunta que debería sostener Hermanas es cómo continúan viviendo juntos (o separados) quienes se han visto implicados en una situación semejante. Si el suspense acerca de lo ocurrido adquiere demasiado protagonismo, existe el riesgo de desviar la atención de esa cuestión.
La familia deja de ser un refugio
Otro de los elementos interesantes de Hermanas es cómo su conflicto puede transformar algo tan cotidiano como una reunión familiar en el recuerdo de un punto de ruptura.
Las familias funcionan mediante costumbres, complicidades, pequeños acuerdos y conversaciones que muchas veces ni siquiera necesitan completarse. Sus miembros creen conocerse porque llevan años compartiendo espacios, celebraciones y experiencias.
Pero conocer a alguien durante mucho tiempo no significa comprender todas sus contradicciones.
El enfrentamiento entre Chelo y Marta lleva esa idea hasta un extremo doloroso. Cada una debe asumir que la otra puede reaccionar de una manera que jamás habría imaginado.
Y eso resulta especialmente cruel cuando ambas han sido durante años un apoyo fundamental en sus respectivas vidas.
Me parece acertado que el conflicto no se reduzca simplemente a decidir quién tiene razón en cada discusión. La dimensión emocional de la historia exige comprender qué se está perdiendo y por qué resulta tan difícil aceptar determinadas decisiones, incluso cuando parecen necesarias.
Hay algo profundamente triste en descubrir que una relación construida durante décadas puede quedar marcada para siempre por un acontecimiento que nadie sabe gestionar.
La directora también apunta hacia una contradicción social reconocible: nuestra facilidad para condenar determinados comportamientos de manera abstracta y nuestra dificultad para actuar con la misma claridad cuando afectan a personas cercanas.
Hermanas utiliza esa contradicción para colocar a sus protagonistas en posiciones incómodas, donde el cariño, la responsabilidad y el miedo aparecen constantemente mezclados.
Un debut que encuentra su sitio en la Seminci
La presencia de Hermanas en la Sección Oficial de la 71.ª Semana Internacional de Cine de Valladolid encaja con la atención que el festival presta a películas interesadas en explorar conflictos humanos desde una perspectiva íntima.
La película ha llegado a Valladolid después de su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de Toronto y ha celebrado su estreno europeo hoy 25 de octubre de 2026.
Para Ione Hernández Sáenz supone su primer largometraje de ficción, aunque su trayectoria anterior incluye cortometrajes y trabajos documentales, entre ellos 1% esquizofrenia.
Hay una elección interesante en comenzar esta etapa con una historia tan delicada. No es precisamente el argumento más sencillo para una directora que debuta en la ficción larga. Exige manejar personajes emocionalmente enfrentados, evitar simplificaciones y abordar una situación de enorme gravedad sin apoyarse exclusivamente en el impacto del tema.
En ese sentido, el hecho de contar con Emma Suárez y Elena Anaya es una baza considerable. Su presencia permite construir el drama alrededor de dos personajes adultos con historias personales que van mucho más allá del acontecimiento que desencadena la trama.
También resulta interesante la atención que el relato concede a las consecuencias que el abuso provoca entre generaciones. El conflicto actual actúa como detonante de heridas anteriores, recordando que el pasado familiar puede seguir condicionando nuestras decisiones mucho después de que creamos haberlo dejado atrás.
Es ahí donde la propuesta adquiere una dimensión que trasciende el drama doméstico.
Conclusión
Hermanas plantea un conflicto familiar de enorme dureza y encuentra su principal interés en las consecuencias que una denuncia por agresión sexual puede provocar entre personas que se quieren profundamente.
La apuesta por una narración contenida, la importancia de los silencios y el protagonismo de Emma Suárez y Elena Anaya apuntan hacia un drama que busca incomodar desde la cercanía, aunque las primeras críticas también señalan cierta lentitud y una dosificación de la información que puede restar fuerza al relato.
La propuesta resulta especialmente atractiva para quienes disfrutan de un cine centrado en los personajes, las contradicciones morales y las relaciones familiares llevadas al límite. Quien espere un thriller judicial de ritmo intenso probablemente encontrará una película bastante distinta.
Lo que más me interesa de su planteamiento es esa contradicción entre el deseo de proteger a los nuestros y la obligación de reconocer que alguien cercano puede causar un daño terrible.
Porque hay decisiones familiares que cambian una vida. Y otras que obligan a preguntarse cuánto de lo que llamábamos familia sigue en pie después de tomarlas.

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