SEMINCI 2026 · SECCIÓN OFICIAL (FUERA DE CONCURSO) · CINE ESPAÑOL
Hay algo especialmente bonito en descubrir a un cineasta que, en su primera película, ya demuestra tener bastante claro qué quiere contar y, sobre todo, cómo quiere hacerlo. Con Una familia, Ricardo Gómez da el salto a la dirección después de toda una vida delante de las cámaras y consigue algo que me parece bastante más complicado de lo que parece: construir un drama familiar con personalidad, sensibilidad y una mirada propia.
Y las sensaciones que deja son francamente buenas.
Presentada en la Sección Oficial, fuera de concurso, de la 71ª edición de la Seminci de Valladolid, Una familia llega con el atractivo de ver qué puede ofrecer detrás de la cámara uno de los rostros más reconocibles de nuestra televisión. Pero, una vez empieza la película, ese interés inicial pasa rápidamente a un segundo plano. Lo que importa es la historia que Gómez quiere contar, cómo organiza sus recuerdos y la manera en la que va desenterrando las heridas de unos personajes que arrastran mucho más de lo que son capaces de expresar.
El director parte de una historia vinculada a sus propios orígenes para explorar las relaciones entre un padre, una madre y un hijo. Tres vidas conectadas por los lazos familiares, las decisiones del pasado y todas esas cosas que permanecen escondidas durante años, aunque sigan condicionándolo absolutamente todo.
Me gusta especialmente que la película confíe en la capacidad del espectador para descubrir lo que hay detrás de sus personajes. Hay una intención evidente de construir emociones desde las imágenes, las miradas y las situaciones, dejando que las piezas vayan encontrando su sitio. Y esa confianza es una de las grandes virtudes de un debut que tiene bastante más ambición de la que uno podría esperar.
Ricardo Gómez demuestra que tenía cosas que contar
Reconozco que tenía mucha curiosidad por ver el debut como director de Ricardo Gómez. Su trayectoria como intérprete es suficientemente larga como para imaginar que algo habrá aprendido observando cómo trabajan otros cineastas. Sin embargo, una cosa es acumular experiencia delante de las cámaras y otra muy distinta conseguir que esa experiencia se traduzca en una voz propia cuando te toca tomar las decisiones.
Y aquí creo que sale bastante bien parado.
Una familia tiene una puesta en escena trabajada, con gusto por los planos prolongados, los movimientos de cámara y la composición de los personajes dentro del encuadre. Se percibe el deseo de aprovechar las posibilidades del lenguaje cinematográfico y de dejar que las situaciones respiren, sin recurrir constantemente al montaje para dirigir nuestra atención.
Lo interesante es que esa búsqueda formal encaja con la naturaleza de la historia. Los personajes viven condicionados por lo que han sido, lo que les habría gustado ser y la imagen que proyectan hacia los demás. La cámara parece interesada precisamente en esas contradicciones, en observar cómo se relacionan y cómo reaccionan cuando las circunstancias les obligan a enfrentarse a determinados sentimientos.
También hay algo muy personal en la manera de aproximarse al mundo de la interpretación infantil. Resulta inevitable relacionarlo con la biografía de Gómez, que comenzó su carrera siendo un niño y creció prácticamente ante los espectadores de Cuéntame cómo pasó. La película incorpora esa experiencia a una reflexión sobre la identidad, sobre la distancia que puede existir entre nuestra vida real y los papeles que acabamos interpretando.
Y esa idea funciona tanto en el terreno profesional como en el familiar.
Porque, al fin y al cabo, dentro de cualquier familia también terminamos representando determinados papeles, a veces por elección y otras porque las circunstancias nos empujan hacia ellos.
Tres momentos para comprender una herida
Uno de los aspectos que más me interesan de Una familia es su estructura narrativa. Gómez construye la película alrededor de tres momentos y distintas perspectivas que permiten ir comprendiendo, poco a poco, las circunstancias de sus protagonistas.
Esa decisión tiene cierto riesgo. Al fragmentar el relato y administrar la información, exige un espectador dispuesto a prestar atención y aceptar que algunas preguntas permanezcan abiertas durante parte del metraje.
Pero encuentro atractivo que la película se tome esa libertad.
La estructura permite entender las relaciones familiares desde ángulos diferentes. Un personaje que inicialmente puede resultar distante adquiere otra dimensión cuando conocemos mejor su situación. Una decisión que parecía difícil de comprender empieza a cobrar sentido al descubrir el peso de determinados acontecimientos anteriores.
La película gana cuando consigue que nuestra percepción de sus protagonistas evolucione sin necesidad de explicarlo absolutamente todo.
También me parece acertado que la historia se interese por las consecuencias emocionales de las decisiones. En las familias, muchas veces, lo verdaderamente importante no es únicamente lo que sucedió en un momento concreto, sino cómo ese acontecimiento sigue condicionando las relaciones años después.
Ahí aparece una de las cuestiones que sostienen el relato: hasta qué punto somos capaces de escapar de nuestra historia personal. Cuánto heredamos de nuestros padres, cuánto repetimos sin darnos cuenta y qué posibilidades tenemos de construir una identidad diferente.
Son preguntas importantes, pero la película tiene el acierto de trasladarlas a las experiencias de sus personajes. No necesita convertir cada conversación en una declaración de intenciones.
Eso sí, entiendo que su estructura pueda generar cierta distancia al principio. La ambición narrativa de Gómez obliga a ordenar mentalmente diferentes momentos y relaciones, y esa exigencia puede hacer que la conexión emocional no sea inmediata. Para mí, es un riesgo asumible dentro de una propuesta que busca algo distinto a contar una historia familiar de manera estrictamente cronológica.

Claudia Traisac y Patrick Criado: las emociones que sostienen el relato
Buena parte de la fuerza de Una familia depende de sus intérpretes, especialmente de Claudia Traisac y Patrick Criado, que encarnan a dos personajes marcados por sus circunstancias y por una relación en la que conviven la atracción, los conflictos y las heridas personales.
De los dos, encuentro especialmente interesante el peso emocional que adquiere el personaje de Traisac. Clara es una mujer que intenta encontrar su propio camino mientras debe afrontar responsabilidades, renuncias y una realidad que no siempre le permite decidir libremente sobre su futuro.
Es un personaje con muchas capas, y eso ofrece a la actriz espacio para construir una interpretación de considerable intensidad. Su presencia ayuda a que el drama resulte cercano, especialmente cuando la historia se concentra en las dificultades de conciliar los deseos individuales con las obligaciones familiares.
Patrick Criado, por su parte, tiene que desenvolverse en un registro diferente. Enrique arrastra un pasado complicado y buena parte de lo que le sucede se expresa a través de su comportamiento y de su relación con quienes lo rodean.
Hay algo incómodo en esa forma de presentar a un personaje que no siempre facilita la empatía del espectador. Y me parece positivo que Gómez no busque convertir a todos sus protagonistas en figuras fácilmente comprensibles o justificables.
Las familias están llenas de contradicciones, y una película que pretende explorar sus heridas debe permitir que sus personajes se equivoquen, resulten egoístas o tengan comportamientos difíciles de aceptar.
La presencia de Ana Wagener añade otro nombre de peso al reparto, mientras que el joven Víctor Lite asume una parte fundamental de la historia vinculada a la infancia y a la construcción de la propia identidad.
Me gusta que el conjunto se articule alrededor de personajes que tienen una historia anterior a lo que vemos en pantalla. Sus relaciones están condicionadas por experiencias compartidas, por ausencias y por sentimientos que no siempre encuentran una forma sencilla de salir a la superficie.
Un Madrid de los noventa que tiene mucho que contar
Otro aspecto que merece atención es la ambientación. Una familia nos lleva al Madrid de los años noventa, un escenario que tiene una importancia especial tanto para la historia como para el propio Ricardo Gómez.
La película se interesa por una parte de la ciudad alejada de las imágenes más reconocibles y turísticas. Hay una voluntad de recuperar barrios, ambientes y formas de vida que permiten situar los conflictos de sus personajes dentro de un contexto social concreto.
Y eso me parece fundamental.
Porque las decisiones de los protagonistas no ocurren en el vacío. Sus oportunidades, sus frustraciones y sus expectativas están relacionadas con el entorno en el que viven. La precariedad, las dificultades económicas y las aspiraciones personales forman parte de una realidad que influye en las relaciones familiares.
Visualmente, la película también demuestra una intención estética muy marcada. La fotografía, el empleo de película analógica de 16 mm y los cambios de formato de imagen contribuyen a diferenciar momentos y estados emocionales.
Hay una búsqueda de textura, de materialidad, de conseguir que las imágenes parezcan formar parte de un recuerdo. Y esa elección tiene sentido en una película tan vinculada a la memoria.
Me funciona especialmente la coherencia entre lo que Gómez quiere contar y la forma visual que elige para hacerlo. El pasado no aparece únicamente como una sucesión de acontecimientos, también como un conjunto de sensaciones que siguen presentes en quienes los vivieron.
Es una manera interesante de abordar el recuerdo, porque nuestra memoria rara vez funciona como un relato perfectamente ordenado. Recordamos lugares, rostros, conversaciones, situaciones aparentemente insignificantes. Después intentamos reconstruir con todo ello una historia que explique quiénes somos.
Y Una familia parece construida precisamente alrededor de esa necesidad.

Las cosas que nunca llegamos a decir
Si tuviera que quedarme con una idea de la película, probablemente sería la del silencio. Todo aquello que las familias deciden esconder, a veces por vergüenza, otras por miedo y muchas más porque creen que callar es la mejor manera de proteger a quienes quieren.
Lo interesante es que esos silencios rara vez desaparecen. Se transforman en distancias, en comportamientos difíciles de entender y en preguntas que terminan heredando las siguientes generaciones.
Gómez se aproxima a esta cuestión desde una perspectiva personal. El origen autobiográfico del proyecto explica parte de su sensibilidad, pero también plantea un desafío importante: conseguir que una historia tan íntima conecte con personas que no conocen a sus protagonistas ni han vivido necesariamente circunstancias parecidas.
Creo que ahí está uno de los mayores méritos de Una familia.
Todos tenemos una relación diferente con nuestros padres, con nuestra infancia y con la historia que nos ha traído hasta donde estamos. Pero resulta bastante sencillo reconocer esa necesidad de comprender determinadas decisiones familiares, incluso cuando sabemos que quizá nunca obtendremos todas las respuestas.
Me gusta que la película aborde esas cuestiones sin convertirlas en un ejercicio de sentimentalismo constante. Hay emociones fuertes en su planteamiento, pero también un interés por observar las contradicciones humanas.
La vida familiar puede ser cariñosa y cruel, generosa y egoísta, protectora y asfixiante. A veces, incluso, todas esas cosas ocurren al mismo tiempo.
Y resulta mucho más interesante explorar esa complejidad que construir una historia en la que cada personaje tenga perfectamente definido su lugar como víctima o culpable.
Un debut ambicioso que deja ganas de seguir a su director
No creo que sea necesario presentar Una familia como una película perfecta para reconocer sus virtudes. Su propia ambición introduce determinados riesgos: una estructura fragmentada, una apuesta visual muy consciente y una narrativa que necesita tiempo para desarrollar las conexiones entre sus protagonistas.
Hay espectadores que preferirán un relato más directo, con una progresión dramática más convencional y una presentación de personajes que facilite la empatía desde el primer momento.
Lo entiendo.
Pero también agradezco que Ricardo Gómez se haya lanzado a dirigir con una historia tan personal y con unas decisiones cinematográficas que van más allá de limitarse a colocar la cámara delante de unos buenos actores.
Se nota que quiere explorar las posibilidades de la puesta en escena. Que está interesado en cómo una imagen puede modificar nuestra percepción de una situación. Que comprende la importancia de los espacios, de los cuerpos y de los silencios dentro de una secuencia.
Y, sobre todo, que tiene una relación muy estrecha con el universo que está retratando.
Esa implicación personal podría haber derivado en una película demasiado encerrada en sus recuerdos, pero sus grandes temas (la identidad, la maternidad, la paternidad, el peso del pasado y la necesidad de comprender nuestros orígenes) permiten abrir el relato hacia experiencias mucho más universales.
Para un primer largometraje, encuentro especialmente estimulante que exista una intención tan clara de construir un lenguaje propio. Habrá tiempo para pulir decisiones, ajustar mecanismos narrativos y seguir explorando sus intereses como cineasta.
De momento, Ricardo Gómez consigue algo importante: que su debut deje curiosidad por descubrir qué película dirigirá después.
Conclusión
Una familia me deja muy buenas sensaciones. Ricardo Gómez firma un debut sensible, ambicioso y con una personalidad visual que resulta especialmente interesante. La película encuentra sus principales fortalezas en el tratamiento de la memoria familiar, en la complejidad emocional de sus personajes y en unas interpretaciones que sostienen el peso del drama, con Claudia Traisac como uno de sus grandes atractivos.
Su estructura fragmentada puede exigir un pequeño esfuerzo inicial y algunas de sus decisiones formales pueden resultar más llamativas que la propia progresión narrativa, pero son riesgos que considero comprensibles dentro de una ópera prima que apuesta por contar su historia con recursos cinematográficos propios.
Me parece una propuesta especialmente recomendable para quienes disfrutan del cine español intimista, de los dramas familiares que dejan espacio para los silencios y de las películas que necesitan al espectador para terminar de unir sus piezas.
Dentro de la Seminci 2026, Una familia destaca como uno de esos debuts que merece la pena tener en el radar. Por la historia que cuenta, por la sensibilidad con la que se aproxima a sus personajes y por la valentía de un director que ha decidido mirar hacia sus propios orígenes para comenzar una nueva etapa profesional.
Después de tantos años viendo a Ricardo Gómez crecer delante de las cámaras, descubrir que también tiene cosas interesantes que contar desde el otro lado es una noticia estupenda.
Y personalmente, me quedo con ganas de ver hacia dónde dirige ahora su mirada.

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