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Cine · Coleccionismo · Formato físico

Críticas

El final de Oak Street: dinosaurios en el jardín y Spielberg en el retrovisor

David Robert Mitchell cambia las pesadillas de It Follows por un barrio de los 80 plagado de dinosaurios. El final de Oak Street tiene mucho Spielberg en las venas, pero cuando enseña los dientes propios es cuando realmente empieza la fiesta.

Edu McFly

Hay una idea en El final de Oak Street que me parece estupenda por lo sencilla que es: coger uno de esos barrios residenciales norteamericanos donde el césped parece cortado con escuadra y cartabón, colocar en medio a una familia con sus propios problemas y, de repente, convertir el jardín delantero en territorio de caza para dinosaurios.

Ya está. No necesito mucho más.

David Robert Mitchell regresa con una película bastante alejada, al menos en apariencia, de la mala leche de It Follows o de las paranoias de Lo que esconde Silver Lake. Aquí juega directamente en el terreno del blockbuster familiar de aventuras, con Anne Hathaway y Ewan McGregor encabezando una familia de los años 80 que termina enfrentándose a una situación ligeramente más incómoda que una derrama de la comunidad. La película dura 99 minutos, está escrita y dirigida por Mitchell y cuenta con fotografía de Mike Gioulakis y música de Michael Giacchino.

Y tengo que reconocer que me lo he pasado bastante bien con ella.

No porque Mitchell haya reinventado el cine de dinosaurios (ni de lejos), sino porque entiende algo que algunas superproducciones parecen haber olvidado: un dinosaurio da bastante más miedo cuando aparece detrás de la casa de tu vecino que cuando lleva media hora promocionado mediante helicópteros, laboratorios secretos, militares y una presentación de PowerPoint explicándonos su ADN.

Aquí las criaturas irrumpen en un espacio cotidiano. Y cuando El final de Oak Street explota de verdad esa idea, tiene momentos estupendos.

Mitchell se muda al barrio de Spielberg

Resulta imposible hablar de esta película sin mencionar a Steven Spielberg.

Imposible.

Los suburbios, los niños, las bicicletas, la familia en crisis, el misterio que invade el espacio doméstico, Michael Giacchino sacando músculo orquestal, los bichos enormes… El final de Oak Street tiene las huellas del cine fantástico estadounidense de los 80 por todas partes.

Y no parece que Mitchell tenga ninguna intención de esconderlas.

La historia está situada en 1982, el mismo año en que se estrenó E.T. y llegó Poltergeist, y el propio director ha explicado que elegir esa época tenía un componente personal (era la de su infancia) y que buscaba recuperar aquel tipo de cine en el que el espectáculo funcionaba porque primero importaban los personajes metidos dentro del espectáculo.

El problema aparece cuando el homenaje se vuelve demasiado evidente.

Hay momentos en los que El final de Oak Street parece estar jugando a ver cuántas casillas del imaginario Amblin puede marcar antes de que termine la secuencia. Casas unifamiliares. Vecinos peculiares. Chavales moviéndose por el barrio. Una familia emocionalmente tocada. Algo inexplicable detrás de una puerta.

Vale, David. Ya lo hemos pillado.

Lo curioso es que la película funciona mejor precisamente cuando deja de preocuparse por parecer una película de los 80 y empieza a ser una película de David Robert Mitchell.

Ahí aparecen composiciones bastante más raras de lo habitual en un producto de este tamaño, amenazas escondidas dentro del propio encuadre y una cierta mala baba que rompe constantemente con la idea de aventura familiar amable.

Porque ojo: hay humor, hay aventura y hay personajes jóvenes, pero los dinosaurios de aquí no parecen haber firmado ningún contrato para garantizar que todos lleguen sonrientes a los créditos.

Primero la familia, luego los dientes

La decisión más inteligente del guion consiste en dedicar tiempo a los Platt antes de soltar la artillería prehistórica.

No demasiado tiempo, tampoco.

La película establece rápidamente que aquella familia tiene grietas. Denise y Greg, interpretados por Anne Hathaway y Ewan McGregor, arrastran un desgaste evidente; sus hijos están entrando en ese momento de la vida en el que los padres dejan de ser el centro del universo; y en casa existe esa tensión incómoda de cuando todos saben que algo va mal pero nadie tiene demasiadas ganas de sentarse a hablarlo.

Entonces ocurre lo imposible.

Y de repente todos aquellos pequeños dramas domésticos tienen que convivir con una preocupación mucho más inmediata: evitar convertirse en comida.

Ese contraste le sienta muy bien a la película porque Mitchell no convierte la crisis familiar en un discursito gigantesco. La utiliza como combustible. Cada personaje entra en la situación con sus propias frustraciones y, cuando llega el peligro, esas relaciones empiezan a revelarse mediante decisiones, miradas y pequeños gestos.

Anne Hathaway tiene buena parte del peso emocional y sabe llevarlo sin pasarse de revoluciones. Puede transmitir agotamiento, miedo y determinación casi en la misma secuencia, y eso ayuda muchísimo a que la película conserve algo humano cuando empiezan a aparecer colas, garras y dientes.

Con McGregor tengo alguna reserva más.

No diría que esté mal, pero su personaje tarda más en encontrar una energía interesante. Durante algunos tramos parece estar medio paso por detrás de Hathaway, especialmente en las escenas donde la película necesita vendernos la intimidad del matrimonio. Mejora cuando la supervivencia obliga a Greg a actuar y el personaje sale del terreno puramente doméstico.

Los jóvenes Maisy Stella y Christian Convery tampoco están puestos ahí únicamente para gritar mientras un adulto los rescata. Sobre todo Stella aporta una personalidad que evita que la dinámica familiar quede reducida al clásico esquema padre-madre-hijos intercambiables.

Y eso importa bastante.

Si el público no compra a los Platt, todo lo que viene después sería un videojuego carísimo.

Hay algo enorme al fondo del plano

Aquí aparece lo que más me gusta de El final de Oak Street: Mitchell sabe utilizar el espacio.

Mike Gioulakis, colaborador habitual del director desde It Follows, fotografía el barrio como un lugar inicialmente seguro que poco a poco empieza a resultar sospechoso. Esos jardines abiertos, esas ventanas enormes y esas calles tranquilísimas dejan de transmitir comodidad en cuanto entiendes que cualquier profundidad del encuadre puede esconder algo con bastantes dientes.

Y Mitchell disfruta con eso.

No siempre enseña primero la amenaza y después la reacción. En ocasiones coloca las dos cosas en el mismo plano y deja que tus ojos descubran el problema. Utiliza además varias composiciones con dioptría partida, manteniendo diferentes distancias enfocadas simultáneamente, un recurso muy asociado a cierto cine clásico estadounidense y que aquí encaja perfectamente con la obsesión de la película por mostrar cómo el peligro puede estar ocurriendo detrás de alguien que todavía no lo ha visto. La presencia de ese recurso también ha sido destacada en distintas críticas de la película.

Son pequeños detalles, pero hacen que algunas secuencias tengan bastante más personalidad que el habitual festival de CGI donde la cámara empieza a temblar mientras veinte criaturas chocan entre ellas.

Y los dinosaurios funcionan.

Mucho.

Mitchell y el equipo de ILM buscaron diseños que mezclasen inspiración científica con libertad creativa, evitando limitarse a reproducir exactamente el aspecto popularizado por Jurassic Park. El resultado ayuda a que las criaturas tengan una identidad propia y, sobre todo, presencia física.

Hay momentos en los que notas su tamaño.

Eso debería ser una obviedad en una película de dinosaurios, pero vaya tela con la cantidad de cine reciente donde una criatura de ocho toneladas acaba pareciendo un salvapantallas.

Aquí funcionan mejor cuando aparecen parcialmente: una silueta, un movimiento entre las casas, algo cruzando donde no debería estar. Mitchell conoce perfectamente la diferencia entre enseñar un monstruo y hacer que el espectador espere que aparezca.

Su experiencia en el terror se nota.

El problema: ya hemos estado demasiadas veces en este barrio

Hasta aquí compro bastante.

Pero hay una cosa que me impide entusiasmarme completamente: la película vive demasiado cerca de sus referentes.

No hablo de copiar una escena concreta. Es algo más general. Determinados movimientos emocionales, ciertos tipos de personaje, algunos golpes musicales y buena parte de la imaginería ochentera provocan continuamente una sensación de reconocimiento.

Y ese reconocimiento puede ser agradable.

También puede cansar.

Hubo un momento en el que pensé: vale, entiendo perfectamente qué película quieres recordarme; ahora enséñame por qué tenía que hacerla David Robert Mitchell.

Afortunadamente aparecen respuestas. Su humor algo retorcido, ciertos estallidos de violencia, su gusto por las imágenes ligeramente incómodas y algunas decisiones bastante marcianas evitan que la cosa acabe convertida en Stranger Things con dinosaurios.

Pero la pelea entre Mitchell y sus influencias nunca desaparece.

Incluso Michael Giacchino entra a veces en ese terreno. Su música funciona perfectamente como acompañamiento aventurero y sabe acelerar una secuencia cuando toca, pero hay momentos en los que el homenaje al sinfonismo de aquellas grandes aventuras resulta tan evidente que casi puedes escuchar el fantasma de John Williams aclararse la garganta detrás de la orquesta.

Me habría gustado algo más raro.

Algo que acompañase mejor al Mitchell que rueda It Follows que al Mitchell fascinado por el cine con el que creció.

Noventa y nueve minutos. Benditos sean

Hay otro elemento que merece celebrarse: dura 99 minutos.

Gracias.

De verdad.

La película presenta a sus personajes, plantea el misterio, mete los dinosaurios, desarrolla sus set pieces y se marcha a casa.

No necesitamos dos horas y cuarenta minutos.

No necesitamos que aparezca una organización gubernamental encargada de estudiar la anomalía.

No necesitamos que una científica dibuje quince fórmulas en una pizarra para explicarnos cómo funcionan las cosas.

Mitchell parte de una idea bastante loca y confía en que el espectador la acepte.

¿Hay preguntas sin contestar? Sí.

¿Hay mecanismos argumentales que conviene no analizar durante media hora con una libreta? También.

Pero yo prefiero esto.

La película entiende que su gran atractivo consiste en colocar a una familia normal frente a una situación absolutamente absurda y observar qué ocurre. Cada minuto empleado explicando científicamente el fenómeno sería probablemente un minuto menos viendo un dinosaurio rondando una piscina.

Y tengo bastante claro cuál de las dos cosas he venido a ver.

Eso tampoco significa que el guion sea perfecto. Algunos personajes secundarios aparecen únicamente para cumplir una función muy concreta y desaparecer del centro de atención. También hay soluciones narrativas demasiado convenientes y momentos en los que sabes que la película está colocando una pieza simplemente porque necesitará recogerla veinte minutos después.

Se ven las costuras.

Pero el ritmo ayuda muchísimo a perdonarlas.

Cuando algo empieza a perder fuerza, Mitchell suele tener preparada otra criatura.

Método sencillo. Bastante eficaz.

Un blockbuster que sabe divertirse

Quizá lo que más agradezco de El final de Oak Street es que no parece avergonzarse de querer entretener.

Últimamente existe una tendencia curiosa en determinadas superproducciones a cargarse de mitología, universos, semillas para secuelas y explicaciones hasta convertir una buena premisa en deberes.

Aquí hay una calle.

Una familia.

Un fenómeno inexplicable.

Y dinosaurios.

A correr.

Además, Mitchell introduce suficiente violencia y extrañeza para impedir que la aventura quede completamente domesticada. La película puede tener ese envoltorio de sesión familiar veraniega, pero sabe que una criatura prehistórica entrando en tu vecindario debería provocar bastante más que una pequeña persecución simpática.

Hay peligro.

Hay tensión.

Y de vez en cuando hay una crueldad juguetona que me recuerda que detrás de la cámara sigue estando el tío que hizo It Follows.

Me habría gustado que esa parte apareciese todavía más.

Porque cuando El final de Oak Street se desmelena, cuando abandona momentáneamente la obligación de rendir homenaje y empieza a jugar con su propia premisa, encuentra una personalidad estupenda.

Ahí está la película que realmente quería ver.

Conclusión

El final de Oak Street me parece un blockbuster de aventuras muy disfrutable, rápido y bastante más juguetón de lo que su apariencia nostálgica podría hacer pensar.

David Robert Mitchell demuestra que sabe montar espectáculo, pero sus mejores momentos llegan cuando utiliza las herramientas que ya dominaba en su cine anterior: la composición del plano, la amenaza situada en lugares aparentemente cotidianos, la tensión producida por aquello que todavía no vemos y una mala leche ocasional que le sienta fenomenal.

Anne Hathaway sostiene muy bien el corazón familiar de la historia, los dinosaurios tienen presencia y los 99 minutos vuelan.

Mi principal problema está en todo lo que la película mira hacia atrás. Spielberg, Amblin, E.T., Poltergeist, Jurassic Park… hay momentos en los que las referencias ocupan demasiado espacio y Mitchell parece pedir permiso a sus películas favoritas antes de avanzar.

Cuando deja de hacerlo, hay una aventura estupenda escondida en Oak Street.

No será la película que cambie para siempre el cine de dinosaurios. A veces basta con mirar por la ventana, comprobar que un bicho gigantesco está destrozando el jardín del vecino y pensar: sí, por esto sigo disfrutando yendo al cine.

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