SEMINCI 2026 · SECCIÓN OFICIAL
Siempre hay películas que llegan a un festival casi de puntillas y acaban convirtiéndose en una de las sorpresas de la programación. Prosecution, el segundo largometraje del director germano-iraní Faraz Shariat, ha conseguido despertar un entusiasmo considerable a su paso por la Sección Oficial de la 71ª Seminci, y cuesta poco entender los motivos. Su combinación de thriller judicial, denuncia política y tensión narrativa tiene los ingredientes necesarios para enganchar al espectador mientras le pone delante una realidad bastante incómoda.
Porque Prosecution mete el dedo en una herida que sigue muy abierta en Europa: el auge de la extrema derecha y, especialmente, la facilidad con la que determinadas ideologías pueden encontrar refugio dentro de las propias instituciones encargadas de proteger a los ciudadanos.
Y lo hace con una energía que se agradece. La película tiene discurso, tiene rabia y, sobre todo, tiene ritmo. Shariat comprende que para lanzar un mensaje contundente también hay que saber contar una buena historia. De poco sirve tener algo importante que decir si el espectador desconecta a los veinte minutos.
Aquí, desde luego, ese parece el menor de los problemas.
La buena acogida que ha tenido en Valladolid, donde recibió una sonora ovación durante su estreno español el 28 de octubre, confirma el recorrido que ya había iniciado en la Berlinale, donde consiguió el Premio del Público de la sección Panorama.
Y viendo el tipo de película que propone, entiendo perfectamente que conecte de esta manera con el público.
Una fiscal contra todo un sistema
La protagonista de la historia es Seyo Kim, una joven fiscal alemana de origen coreano que cree firmemente en la justicia y en la capacidad de las instituciones para combatir la violencia de extrema derecha.
Sin embargo, sus convicciones empiezan a tambalearse cuando sufre una agresión racista que pone en peligro su vida. Lo que debería desencadenar una investigación contundente acaba enfrentándola a las resistencias de un sistema judicial que parece bastante menos interesado en perseguir determinadas formas de violencia de lo que cabría esperar.
Ante esta situación, Seyo decide investigar por su cuenta, incluso cuando eso implica enfrentarse a sus superiores y poner en riesgo su carrera.
El punto de partida ya tiene bastante fuerza, pero lo interesante está en el conflicto que plantea. ¿Qué ocurre cuando alguien que ha dedicado su vida a defender las instituciones descubre que esas mismas instituciones pueden estar fallándole deliberadamente?
Aquí encuentro una de las grandes virtudes del guion de Claudia Schaefer. La protagonista conoce perfectamente las reglas del juego, sabe cómo deberían funcionar los procedimientos y entiende los mecanismos de la justicia. Precisamente por eso resulta tan frustrante comprobar cómo las herramientas que deberían servir para esclarecer los hechos pueden convertirse en obstáculos.
La película aprovecha esa contradicción para construir una investigación en la que cada nuevo avance parece abrir una puerta hacia algo bastante más preocupante.
Y eso funciona muy bien como motor narrativo.

Faraz Shariat sabe dónde apretar
Uno de los riesgos evidentes de una película de estas características es terminar convertida en un discurso político de casi dos horas. La tentación de explicarlo todo, subrayar cada injusticia y recordar continuamente al espectador lo que debe pensar puede acabar cargándose cualquier historia.
Shariat, por suerte, tiene bastante más interés en aprovechar las posibilidades del thriller.
Su dirección apuesta por la tensión, por el movimiento y por una progresión narrativa que convierte los procedimientos judiciales y las investigaciones institucionales en elementos de suspense. La sensación de amenaza va creciendo a medida que la protagonista descubre hasta qué punto puede resultar complicado enfrentarse a un sistema desde dentro.
Me gusta especialmente esa manera de trabajar el peligro sin depender exclusivamente de la violencia física. La intimidación también puede encontrarse en una conversación aparentemente rutinaria, en una decisión administrativa o en la actitud de alguien que prefiere no hacer determinadas preguntas.
Ahí la película encuentra un terreno especialmente fértil.
El montaje de Friederike Hohmuth ayuda a mantener esa sensación de urgencia. La historia tiene numerosos elementos políticos y judiciales que podrían ralentizar el relato, pero la estructura está pensada para que la investigación siga avanzando y cada descubrimiento tenga consecuencias.
También hay una intención bastante clara de acercar esta historia a un público amplio. Prosecution utiliza recursos reconocibles del cine de investigación, con una protagonista enfrentada a enemigos que parecen contar con muchos más medios y una estructura narrativa que va elevando la tensión.
¿Puede resultar algo convencional en determinados momentos? Sí. La película recurre a mecanismos del thriller que conocemos de sobra, y su voluntad de mantener al espectador enganchado puede simplificar algunas de las complejidades del asunto que denuncia.
Pero tampoco veo necesario exigirle que renuncie a esas herramientas. Su eficacia depende precisamente de convertir un problema institucional en un conflicto cinematográfico cercano y comprensible.
El mensaje entra mucho mejor cuando la historia te tiene agarrado a la butaca.
Chen Emilie Yan, una protagonista a la que seguirle los pasos
Buena parte de la fuerza de Prosecution recae sobre Chen Emilie Yan, que debuta en el largometraje interpretando a Seyo Kim.
El personaje tiene una particularidad que lo hace especialmente interesante: no parte de una desconfianza absoluta hacia el sistema. Al contrario, cree en él. Ha conseguido formar parte de sus estructuras y considera que puede contribuir a mejorarlo desde su posición.
Esa confianza inicial permite que su enfrentamiento con las instituciones resulte mucho más significativo.
Seyo tampoco está construida como una heroína invulnerable. Su determinación convive con el miedo, la frustración y las contradicciones de alguien que debe afrontar una situación en la que lo personal y lo profesional se mezclan de forma inevitable.
Esa combinación es esencial para que el personaje funcione.
Una protagonista que lo tuviera todo claro desde el principio, que jamás dudara y que siempre encontrara la respuesta adecuada convertiría la historia en un ejercicio bastante mecánico. Lo que interesa aquí es observar cómo una persona acostumbrada a confiar en las normas empieza a cuestionar a quienes las aplican.
También me parece importante que Seyo conserve una dimensión política que va más allá de su propia experiencia. Su lucha no consiste únicamente en conseguir justicia por la agresión que ha sufrido. Hay una preocupación mucho más amplia por lo que significa permitir que determinadas violencias queden impunes.
Esa diferencia aporta peso al personaje y evita que el conflicto se reduzca a una simple historia de venganza.
El enemigo puede llevar traje y trabajar en un despacho
Probablemente, el aspecto más potente de Prosecution sea su forma de abordar la relación entre la extrema derecha y las instituciones.
Estamos acostumbrados a encontrar el extremismo representado mediante individuos violentos, grupos radicales o personajes que exhiben abiertamente sus ideas. Y, evidentemente, esa realidad también existe.
Sin embargo, la película resulta especialmente incómoda cuando pone el foco en los mecanismos institucionales que permiten minimizar, justificar o ignorar determinadas agresiones.
El peligro adquiere otra dimensión cuando quienes deberían investigar los delitos no muestran demasiado interés en hacerlo.
En ese sentido, Shariat plantea algo bastante inquietante: la aparente neutralidad de las instituciones puede convertirse en una forma de complicidad cuando no se aplica el mismo criterio a todo el mundo.
Y aquí aparece una pregunta que sobrevuela buena parte del relato: ¿hasta qué punto puede considerarse neutral un sistema que responde de manera diferente dependiendo de quién sea la víctima o el agresor?
Es una cuestión especialmente pertinente en el contexto político europeo actual.
Además, la película evita presentar el problema como si se limitara a un puñado de individuos aislados. Su preocupación está en las estructuras, las relaciones de poder y las dinámicas que facilitan que ciertos comportamientos se perpetúen.
Hay algo especialmente desesperante en esa idea de que las injusticias no siempre necesitan grandes conspiraciones para mantenerse. A veces basta con que determinadas personas miren hacia otro lado, que nadie quiera complicarse la vida o que los procedimientos se utilicen para dilatar decisiones incómodas.
Y vaya si da miedo esa posibilidad.
El propio Shariat ha explicado durante su paso por Seminci que la guionista Claudia Schaefer investigó el funcionamiento del sistema judicial alemán y que la historia parte de un escenario de ficción inspirado en realidades documentadas. seminci.com+1
Ese trabajo previo ayuda a entender por qué el relato concede tanta importancia a las contradicciones internas de las instituciones.

Una película política que quiere llegar al público
Hay otro aspecto que conviene destacar: Prosecution tiene una postura política muy clara y no muestra demasiado interés en disimularla.
Esto puede generar rechazo en los espectadores que prefieran una aproximación menos explícita, pero tampoco creo que la película tenga obligación alguna de fingir una neutralidad que sería completamente artificial.
Shariat sabe qué quiere denunciar y utiliza el cine para hacerlo.
El problema de las películas tan comprometidas con su mensaje aparece cuando todos los personajes se convierten en representantes de una idea y dejan de comportarse como personas. En esos momentos, la ficción corre el riesgo de transformarse en una sucesión de argumentos perfectamente colocados para demostrar una tesis.
Prosecution se acerca por momentos a ese terreno. Su voluntad de dejar clara la denuncia y su apuesta por un thriller accesible hacen que algunas tensiones resulten bastante reconocibles y que la complejidad del conflicto se organice alrededor de una confrontación muy marcada.
Entiendo esa decisión, aunque me habría interesado encontrar todavía más espacio para los matices y las contradicciones de quienes participan en el funcionamiento del sistema.
Con todo, el planteamiento tiene una ventaja evidente: consigue que una historia sobre procedimientos judiciales, violencia estructural y extremismo político mantenga la intensidad de una película de suspense.
Y eso tiene bastante mérito.
Porque el cine político también puede ser entretenido. Puede utilizar el suspense, apoyarse en una protagonista carismática y buscar que el espectador salga de la sala con ganas de discutir sobre lo que acaba de ver.
De hecho, Shariat ha defendido precisamente esa concepción del cine durante su presentación en Valladolid: películas capaces de intervenir en el debate público y de abordar cuestiones complejas mediante relatos accesibles. seminci.com+1
Creo que ahí está buena parte del atractivo de su propuesta.
Una de las buenas sensaciones de la 71ª Seminci
Su paso por la Semana Internacional de Cine de Valladolid ha confirmado que Prosecution cuenta con argumentos para convertirse en una de las películas más comentadas de esta edición.
Y resulta significativo que una historia centrada en el funcionamiento de la justicia alemana haya encontrado una respuesta tan entusiasta entre los asistentes.
La película consiguió una de las ovaciones destacadas de la 71ª Seminci durante su estreno español, después de haber obtenido ya varios reconocimientos en Berlín.
No me sorprende demasiado.
Su mezcla de indignación política y entretenimiento tiene un potencial enorme para conectar con el público de un festival. Por un lado, ofrece un conflicto de actualidad que puede generar debate. Por otro, mantiene una estructura narrativa suficientemente directa como para que el espectador se involucre emocionalmente en lo que sucede.
También ayuda que la historia tenga una protagonista con un objetivo muy concreto. La identificación con Seyo permite que las cuestiones políticas dejen de parecer abstractas y se traduzcan en decisiones, obstáculos y consecuencias personales.
La duración de 113 minutos parece, además, bien aprovechada por una narración que necesita espacio para desarrollar su conflicto sin renunciar a la intensidad.
Con una propuesta de este tipo, resulta fácil comprender que la conversación continúe después de encenderse las luces de la sala.
Y ese es uno de los aspectos que más valoro del cine que llega a festivales como la Seminci: que la película no se agote en el momento de la proyección y siga dando vueltas en la cabeza cuando ya estás de camino a casa.

Conclusión
Prosecution es un thriller judicial contundente, comprometido y con una capacidad notable para transformar un asunto político complejo en una historia cargada de tensión.
Faraz Shariat demuestra que tiene muy claro el tipo de cine que quiere hacer. Su película denuncia el racismo institucional, cuestiona la supuesta neutralidad de determinados mecanismos judiciales y advierte sobre la normalización de la extrema derecha, pero lo hace apoyándose en una narración que busca atrapar al espectador desde el primer momento.
La presencia de Chen Emilie Yan, el pulso de la investigación y la manera de convertir los obstáculos burocráticos en amenazas concretas son algunos de los elementos que mejor sostienen la propuesta.
Es verdad que su apuesta por los códigos del thriller puede llevarla a simplificar ciertos conflictos y que su discurso político resulta bastante explícito. Pero esa claridad también forma parte de su personalidad. Shariat quiere incomodar y provocar una reacción, y no parece dispuesto a pedir permiso para hacerlo.
Su excelente recepción en la 71ª Seminci está más que justificada. Tiene argumentos para entusiasmar a quienes disfrutan con los thrillers judiciales, pero también para interesar a los espectadores que buscan un cine social que se atreva a señalar problemas bastante actuales.
Me quedo especialmente con la contradicción que plantea su protagonista: alguien que sigue creyendo en la justicia incluso cuando descubre lo difícil que puede resultar conseguirla.
Y puede que esa sea la idea más inquietante de Prosecution: cuando una fiscal tiene que enfrentarse a su propio sistema para que se investigue una agresión racista, el problema es mucho más grande que el caso que tiene entre manos.

Comentarios