SEMINCI 2026 · SECCIÓN OFICIAL · FUERA DE CONCURSO
¿Qué haces cuando has perdido prácticamente todo y lo único que te queda es regresar al lugar del que un día decidiste marcharte? Esa es la incómoda pregunta que plantea Un hombre en un puente, el segundo largometraje de David Martín de los Santos, presentado mundialmente en la Sección Oficial, fuera de concurso, de la 71.ª edición de la Seminci de Valladolid.
Después de La vida era eso, el director vuelve a interesarse por personajes que atraviesan momentos de incertidumbre y necesitan encontrar una forma de reconciliarse con su propia existencia. Esta vez pone el foco en Andrés, un hombre de mediana edad que ha pasado de disfrutar de una situación económica acomodada a dormir en su coche y sobrevivir como buenamente puede.
La premisa tiene bastante mala leche, porque toca una herida que conocemos demasiado bien: vivimos en una sociedad que habla constantemente de reinventarse, pero que apenas deja espacio para reconocer que uno ha fracasado. Nos venden que siempre podemos empezar de cero, aunque pocas veces nos explican qué ocurre cuando ni siquiera tenemos dónde dormir.
Y ahí encuentro el principal atractivo de la película. Andrés tiene que enfrentarse a su ruina económica, pero también a la imagen que había construido de sí mismo. Volver a su pueblo natal supone reconocer ante las personas que le conocieron que aquella vida que parecía tan prometedora ha terminado bastante peor de lo esperado.
Hay algo profundamente triste en esa situación. Sobre todo porque, a determinadas edades, pedir ayuda puede resultar mucho más complicado que aceptar una derrota.
Roger Casamajor y el orgullo de quien no sabe pedir ayuda
El mayor peso de Un hombre en un puente recae sobre Roger Casamajor, encargado de dar vida a un protagonista que difícilmente podría describirse como el típico personaje al que apetece abrazar desde el primer minuto.
Andrés arrastra frustraciones, decisiones equivocadas y una considerable incapacidad para reconocer su vulnerabilidad. Ha perdido el dinero, la estabilidad y buena parte de su independencia, pero todavía intenta conservar algo que para él parece fundamental: las apariencias.
Esa contradicción me parece especialmente interesante. Porque resulta relativamente sencillo sentir compasión por alguien que lo ha perdido todo cuando se comporta de manera ejemplar. La cosa cambia cuando ese mismo personaje se muestra orgulloso, evasivo o incapaz de reconocer sus propias responsabilidades.
La película encuentra su conflicto en esa distancia entre necesitar ayuda y estar dispuesto a aceptarla.
Casamajor encaja especialmente bien en un personaje de estas características. Tiene una presencia que permite imaginar a un hombre acostumbrado a desenvolverse con seguridad, incluso cuando las circunstancias ya no sostienen esa confianza. Y el interés de Andrés está precisamente en observar cómo intenta seguir comportándose como alguien que controla su vida cuando hace tiempo que perdió ese control.
Tampoco conviene convertirlo en una víctima absoluta. Su situación invita a cuestionar las dificultades de quienes se quedan fuera del sistema económico, pero sus errores personales forman parte de la historia. La película plantea así una cuestión bastante incómoda: podemos comprender el sufrimiento de una persona sin tener que justificar todas sus decisiones.
Ese matiz es importante. La compasión resulta mucho más valiosa cuando no exige idealizar a quien la recibe.
Regresar al pueblo y descubrir que el pasado sigue allí
Una de las decisiones que más posibilidades dramáticas ofrece es situar buena parte de la historia en Cervera de Pisuerga, localidad palentina donde se rodó la película.
El regreso al pueblo natal introduce una dimensión que va bastante más allá de la nostalgia. Andrés vuelve a un lugar donde la gente conserva una versión antigua de él, una imagen que probablemente ya no tiene demasiado que ver con la persona en la que se ha convertido.
Y eso puede resultar terrorífico.
Porque regresar implica reencontrarse con viejos amigos, antiguos amores y familiares con los que quedaron demasiadas cosas pendientes. Personas que recuerdan quién eras antes de que comenzaras a tomar decisiones, acumular errores y convencerte de que estabas haciendo lo correcto.
Entre esos reencuentros aparecen Lucía, interpretada por Belén Cuesta, una antigua novia; Mariano, un amigo de juventud al que da vida Juanfra Juárez; y Chema, el hermano de Andrés, interpretado por Font García, con quien mantiene una relación rota desde hace más de diez años.
Lo interesante de este planteamiento es que el pasado no funciona necesariamente como un refugio cómodo. También obliga a mirar de frente aquello que preferiríamos olvidar.
El contraste entre Madrid, donde Andrés ha construido y perdido su vida profesional, y el entorno rural al que regresa permite además introducir una cuestión relacionada con el desarraigo. Marcharse puede convertirse en una forma de progreso, pero regresar después de haber fracasado suele vivirse como una humillación.
Y menuda contradicción. Pasamos media vida intentando demostrar que somos capaces de llegar lejos para terminar descubriendo que quizá lo más difícil sea reconocer que necesitamos a los demás.

La pandemia como detonante de una crisis que ya existía
Otro aspecto significativo de Un hombre en un puente es su relación con la pandemia de COVID-19, que termina empujando a Andrés hacia el regreso a sus orígenes.
Reconozco que el cine ambientado durante aquellos meses me provoca cierta prevención. Hemos visto bastantes historias que utilizan el confinamiento como recurso dramático y que, en ocasiones, parecen conformarse con recordarnos lo extraño que fue todo aquello.
Aquí, al menos sobre el papel, el contexto tiene una función más concreta.
Andrés ya estaba atravesando una situación desesperada. La pandemia simplemente termina de desmontar sus escasas posibilidades de supervivencia y hace imposible prolongar una existencia que llevaba tiempo sostenida con alfileres.
Hay una lectura social bastante evidente en todo esto. El protagonista ha pasado de participar en un modelo económico asociado al éxito y la prosperidad a encontrarse completamente desprotegido cuando ese mismo modelo deja de sostenerle.
La historia conecta así con la precariedad, la vivienda y la facilidad con la que una persona puede quedar al margen de una sociedad que exige solvencia económica incluso para cubrir sus necesidades más elementales.
Ahora bien, también me parece importante que una película de estas características no reduzca todos los problemas de su protagonista a una explicación social. Andrés tiene una responsabilidad individual en su trayectoria y eliminarla sería simplificar un conflicto que resulta bastante más estimulante cuando admite contradicciones.
El equilibrio entre ambas perspectivas es fundamental para que el relato conserve su humanidad.
La importancia de quien aparece cuando ya nadie parece mirar
Entre los personajes que rodean a Andrés destaca Liliana, interpretada por la actriz peruana Nidia Bermejo.
Su presencia introduce una perspectiva especialmente sugerente: la de una mujer migrante que también conoce la precariedad y que, pese a encontrarse en una situación vulnerable, termina ofreciendo apoyo a alguien que ha perdido su lugar en el mundo.
Me interesa mucho esa inversión de posiciones.
Andrés ha disfrutado de una vida económicamente privilegiada antes de caer en desgracia. Liliana, en cambio, se enfrenta a las dificultades de sobrevivir en un país extranjero, con trabajos precarios y sin las mismas garantías de estabilidad.
El encuentro entre ambos permite hablar de solidaridad sin limitarla a una cuestión de dinero. A veces quien menos tiene es precisamente quien mejor entiende lo que significa necesitar algo de los demás.
Eso sí, hay una trampa narrativa habitual en este tipo de historias: convertir a los personajes secundarios en instrumentos destinados exclusivamente a transformar al protagonista.
Liliana merece tener una identidad propia, con sus problemas, contradicciones y necesidades, sin quedar reducida a una figura bondadosa que aparece para enseñarle a Andrés cómo debe vivir.
La generosidad tiene mucho más interés cuando nace de una persona compleja que cuando se utiliza como una lección moral.
La relación entre ambos es, por tanto, uno de los elementos sobre los que descansa la ambición humana y social de la propuesta.
Una historia que necesita tiempo, pero también tensión
Con sus 117 minutos de duración, Un hombre en un puente apuesta por un relato de personajes, vínculos deteriorados y conflictos personales que no se resuelven simplemente con una conversación.
Y aquí aparece una de las cuestiones que más me preocupan en este tipo de cine: cómo sostener el interés cuando el conflicto principal es fundamentalmente interior.
El planteamiento contiene material suficiente para desarrollar un drama adulto. Tenemos un protagonista en plena caída, un entorno al que regresa sintiéndose derrotado, relaciones familiares pendientes y la aparición de nuevas personas que pueden alterar su manera de afrontar la vida.
El peligro está en que esas situaciones terminen repitiendo una misma idea: Andrés sufre, Andrés se avergüenza, Andrés no sabe cómo salir adelante.
Una película de casi dos horas necesita que cada reencuentro aporte algo distinto. Que los personajes secundarios incomoden, contradigan o transformen de alguna manera la visión del protagonista. Y que su evolución no dependa únicamente de acumular conversaciones sobre los errores del pasado.
La duración, por sí sola, nunca me ha parecido un problema. Lo que importa es la sensación de avance.
También encuentro atractiva la elección de un entorno rural para narrar una crisis de identidad. El paisaje castellano ofrece un contraste con la asfixia económica y emocional del personaje, aunque sería demasiado sencillo dar por hecho que abandonar la ciudad y reencontrarse con la naturaleza basta para solucionar una vida desastrosa.
Los lugares pueden ofrecer una oportunidad. Lo verdaderamente complicado es saber qué hacer con ella.
David Martín de los Santos y su interés por las segundas oportunidades
El director ya había demostrado con La vida era eso su interés por personajes que necesitan replantearse la existencia cuando las circunstancias les obligan a abandonar una vida conocida.
En Un hombre en un puente, ese interés se traslada a un hombre que debe asumir la distancia entre sus aspiraciones y lo que finalmente ha conseguido.
Lo que encuentro más valioso del enfoque de David Martín de los Santos es su voluntad de abordar el fracaso sin convertirlo automáticamente en una derrota definitiva.
Durante la presentación de la película en la Seminci, el cineasta explicó que había aprendido a mirar a Andrés con humanidad, una declaración que ayuda a entender el tipo de aproximación que busca. seminci.com+1
Porque comprender a alguien exige reconocer sus debilidades, pero también aceptar que puede resultar egoísta, desagradable o tremendamente testarudo.
Ahí reside el verdadero potencial dramático de Un hombre en un puente. En evitar que su protagonista se convierta en un símbolo perfecto de los problemas contemporáneos y permitir que conserve algo mucho más reconocible: su torpeza para gestionar la propia vida.
También me parece acertado que la historia sitúe la necesidad de pertenencia en el centro del conflicto. A menudo asociamos el éxito personal con la independencia absoluta, como si depender de otros fuese una señal de debilidad.
Sin embargo, basta una mala racha para descubrir hasta qué punto nuestra estabilidad descansa sobre vínculos que normalmente damos por garantizados.
La película coloca a Andrés precisamente ante esa realidad. Puede intentar seguir fingiendo que todo está bajo control, pero su situación exige algo bastante más difícil que encontrar un nuevo trabajo o recuperar el dinero perdido.
Tiene que aprender a mostrarse vulnerable delante de quienes le conocieron cuando todavía se sentía invencible.
Conclusión
Un hombre en un puente parte de un conflicto reconocible y doloroso: el miedo a admitir que la vida no ha salido como esperábamos. David Martín de los Santos construye su segundo largometraje alrededor de un personaje orgulloso, contradictorio y profundamente vulnerable, interpretado por Roger Casamajor, cuya caída económica termina convirtiéndose en una crisis de identidad.
Me interesa especialmente su aproximación al fracaso masculino, al desarraigo y a esa necesidad casi desesperada de mantener las apariencias incluso cuando ya no queda prácticamente nada que esconder. La relación entre Andrés y quienes forman parte de su pasado, junto con la aparición de Liliana, aporta además una dimensión social que evita reducir la historia a un simple ejercicio de superación personal.
El riesgo de una propuesta así está en confundir la contención con la falta de progresión dramática, o en buscar una reconciliación demasiado cómoda para un personaje que arrastra conflictos difíciles de resolver. Son aspectos decisivos a la hora de valorar el resultado completo.
Por su planteamiento, parece una película especialmente indicada para quienes disfrutan de los dramas íntimos, los personajes imperfectos y las historias que prefieren plantear preguntas incómodas antes que ofrecer respuestas tranquilizadoras.
Y me quedo con la idea que encierra su propio título: un hombre detenido en un puente, suspendido entre una vida que ha perdido y otra que todavía no sabe cómo empezar. Porque a veces lo más complicado de volver a casa es tener que explicar por qué has regresado.

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